Una Navidad inesperada…

Publicado el 26 December 2010
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Mientras tiritaba de frío en Navidad, Charlie pensaba dubitativo lo infeliz que había sido. Recordó cómo, después de nacer, su madre lo abandonó. A partir de entonces, su vida tuvo lugar en la calle junto a otros que habían corrido su misma suerte. El arrabal inhóspito en las afueras de la ciudad era su refugio, especialmente en las desapacibles noches. Allí, entre agua pestilente, basuras, jeringuillas, ratas, pulgas y cucarachas desarrollaba su vida. Sabía que, en el centro, la gente no lo quería a su lado, rehuían de él porque desprendía mal olor, estaba lleno de mugre y los parásitos inundaban su cabeza. Una tarde, durante una de sus correrías buscando comida, cerca de los cines, se encontró rodeado de agentes de la autoridad que, de improviso y a la fuerza, lo introdujeron en una furgoneta y lo llevaron a un lugar de confinamiento. Dentro había rejas, cadenas, todo era gris y oscuro. Quizás esto no durará, si no hay espacio nos irán liberando. Volveré a mis andanzas e incluso es posible que alguna familia me adopte. Esta vez se juró que cambiaría, de hecho a un compañero suyo lo habían trasladado con una pareja que, decían, lo quería como a su propio hijo. Así estaba Charlie, soñando con la libertad, haciendo planes, cuando de repente entraron dos hombres de mirada indiferente y aspecto adusto que lo condujeron al exterior. ¡Libre! creyó, pero erraba porque lo hicieron entrar en otra galería. ¡Qué raro, nunca había estado aquí! Acostado e inmovilizado, uno de ellos parecía dispuesto a examinarlo. Junto a él una joven de ojos serenos lo miraba fijamente, luego ordenó que lo dejasen en paz. La observó y exhaló un suspiro como nunca había hecho. Ella habló: ven conmigo…te llevaré a mi casa, mereces una oportunidad. Aunque no podía creerlo, la siguió en silencio, iba confiado a su lado. Más tarde, la contempló mientras preparaba comida y le prometía un baño caliente, burbujas aromáticas y una cama plácida donde reponer fuerzas. Dormirás junto a mí esta noche y espero que -en el futuro- seamos buenos amigos. Charlie, satisfecho y agradecido, por primera vez en aquella extraña y prometedora Navidad, movió rítmicamente… su rabito.

Fátima Hernández Martín

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