Un intelectual para Émilie

Publicado el 16 December 2010
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Cuando escribí sobre mujeres en ciencia, a raíz de comentar el libro “Las damas del laboratorio”(perolibros.com), mencioné de soslayo una que, a mí particularmente, me parece una figura cautivadora. Se trata de Émilie de Breteuil, marquesa de Chatêlet, científica del XVIII, y considerada una de las más interesantes salonnières de París. Su vida resulta apasionante, no sólo porque era una investigadora -física y matemática- que realizaba experimentos sin descanso, sino porque sus salones eran muy famosos. En ellos se discutía sobre literatura, teatro, poesía o filosofía. Ya, desde joven, mostró inquietudes por saber y conocer. Curiosa desde la infancia, recibió una formación atípica promovida por sus padres que querían la mejor educación (en síntesis un ambiente intelectual) para todos sus hijos. A los diez años, la pequeña Émilie había leído a Cicerón y a los doce, como políglota brillante, se atrevía –desenvolvía- con el inglés, italiano, español y alemán, incluyendo los clásicos cuyos textos traducía, en especial de Virgilio y Aristóteles. Con el paso del tiempo y a través del estudio llegó a adoptar posturas avanzadas, por lo que se convirtió en una pensadora que sólo admitía la deducción, no la inducción. Se casó con el marqués de Chatêlet, pero fue en realidad un matrimonio pactado y carente de amor (de los llamados de compromiso) del que nacieron tres hijos, de los que sólo sobrevivieron dos. Amante de Voltaire durante los años en los que el pensador estuvo refugiado en el famoso Castillo de Crirey-Blaise (propiedad de su marido), de esa época quizás cabría señalar la fuerza, el empeño y la pasión que la llevaron a realizar con denuedo, durante horas y horas hasta el desfallecimiento, numerosos experimentos científicos en especial sobre el fuego. Dicen que su conversación, fluida y de alto contenido temático, mantenía absortos a todos aquellos que visitaban a la pareja en dicho Castillo, alquilado al propio marqués de Chatêlet. Allí, Voltaire era su compañero de discusiones y el hombre que ella -en realidad- necesitaba y sabía que la admiraba. Trabajaron y estudiaron juntos y recibieron a todos aquellos que, en especial de ella, querían aprender. Se dice que reunieron una biblioteca de más de diez mil volúmenes que hacía palidecer a las más importantes del momento y que el pensador la contemplaba embelesado, viéndola  discutir de temáticas variadas y en lenguas diversas. Muere Émilie, a los cuarenta años de edad, a los pocos días de haber dado a luz un hijo, que parió sentada en el despacho, mientras trabajaba en una obra. Dada su pasión por Newton, tradujo la obra Principia de este autor, por lo que es responsable de hacer fluir dichos conocimientos e ideas desde Inglaterra hacia el resto de Europa. Relatan que pedía a su librero las novedades literarias de Inglaterra y Holanda y que se mostraba exultante cuando le llegaban después de varios meses de tardanza. En una ocasión escribió…”el amor al estudio es necesario para la felicidad de las mujeres, ya que es una pasión que depende únicamente de una sola persona…”. Sí, estoy segura, completamente segura que Émilie hubiera superado -con creces- el informe…PISA.

Fátima Hernández Martín

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