Succino secreto

Publicado el 11 December 2010
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En un instante preciso lo encerró, inmóvil, para siempre. Allí se quedó, esperando que el tiempo –juez y revelador de la verdad- lo volviera a llevar al mundo del que lo habían sacado, tan injustamente. Ocurrió en algún lugar de la gran zona boscosa que se extendía, hace mucho tiempo, desde la costa de Noruega hasta el mar Caspio, en concreto en algún punto del Báltico. Durante siglos, el área había sido una jungla húmeda, llena de coníferas, infestada por todo tipo de animales y cuya vegetación rezumaba millones de gotitas de una extraña materia vegetal que, por desgracia, lo había atrapado, incauto, para sumergirlo en un sueño eterno. Los bruscos cambios de temperatura del ambiente, movimientos tectónicos y heladas crearon lagunas y mares interiores y fosilizaron esas masas boscosas, sometiéndolas a presiones que desperdigaron el Oro del Norte, esa trampa del tiempo para numerosos seres vivos que fue la resina denominada ámbar o succino. Lo miré con curiosidad y benevolencia. El pequeño e indefenso insecto se hallaba quieto en mi mano, embebido en un trozo de sustancia amorfa de tonalidad similar a la del coñac. Formaba parte de un colgante, igual a los que vendían, durante el Medievo, por sus propiedades protectoras. Lo deposité de nuevo en el puesto del mercadillo y de regreso a casa, acordándome de él, no dejé de pensar qué lo había arropado durante millones de años. El ámbar, considerado gema de origen vegetal, en tiempos muy remotos había sido objeto de deseo por parte de gobernantes, que creían a ciegas en sus numerosos atributos. Por eso, cuando el Báltico, lejano y triste, rezumaba desde el lecho marino unas masas o gotas extrañas de color amarillento, los pescadores de la zona las recogían con redes, a sabiendas del interés y precio que pagaban los artesanos, que luego creaban todo tipo de objetos decorativos. Recordando el colgante que tanto me cautivó, lo asocié con la extraña historia de la enigmática Cámara de Ámbar -considerada la octava maravilla del mundo-, completamente realizada en un bellísimo succino de primera calidad, que revestía las paredes y mobiliario de una de las majestuosas estancias del Palacio Catalina, a veinte kilómetros de San Petersburgo. Según relatan, en el siglo XVIII, el zar Pedro I de Rusia recibió del rey Federico de Prusia dos regalos: un yate, que dicen complació mucho al zar, a pesar de hallarse en un estado lamentable -casi se hunde durante su envío-, así como todo el material necesario para una Cámara de Ámbar. Años más tarde Catalina, coronada emperatriz de Rusia, decidió restaurar el complejo palaciego de Tsarkoe Selo, donde la Cámara de Ámbar había sido instalada en el Palacio Catalina por su predecesora. Es Catalina la que, bajo su reinado, convierte el Salón en una leyenda para Europa, que loaba su belleza, misterio y curiosidad sin parangón. En la II Guerra Mundial, desmontan, pieza a pieza, el revestimiento de la estancia, y trasladan la Cámara, con gran misterio y sigilo fuera de Rusia. Pero, en ruta hacia Kaliningrado, su pista se pierde. Desde entonces, nada se ha sabido de esa exquisitez artística de valor incalculable… En mayo de 2003 se inaugura una réplica de la original, coincidiendo con la celebración del tricentenario de la fundación de San Petersburgo. La fiesta concluyó con una velada, amenizada por Pavarotti y plena de fuegos artificiales, velas, fuentes y música, como en el momento de máximo esplendor del San Petersburgo de principios del siglo XX. Quizá alguno de los dignatarios invitados reflexionó, en ese instante, sobre las premonitorias palabras del escritor ruso Alexander Pushkin, que tres siglos antes había expresado un deseo, no exento de vaticinio: ¡Oh San Petersburgo!vendrán a rendirte honores todas las banderas… No, el genial Pushkin, no se equivocó

Fátima Hernández Martín

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