Sin goles…no hay paraíso

Publicado el 21 December 2010
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Recuerdo que hace tiempo leí un artículo que me impactó, firmado por una excelente escritora y ambientado en la época de la Gran Depresión. Ella comentaba que la gente se deleitaba escuchando en la radio interpretaciones de los grandes del jazz, que empezaban entonces a despuntar, sin pensar que se iban a convertir en los maestros que hoy en día disfrutamos. En los barrios marginales donde vivía parte de la población de color, así como en los edificios populosos donde las familias, de mayoría blanca, compartían de manera angosta poco espacio, labrándose un sueño de futuro a base de refrescos de zarzaparrilla, películas de Hollywood y duras jornadas; los jóvenes hablaban, se conocían, bailaban y se enamoraban al sonido delicado de “Duke” Ellington, Louis Armstrong o Charlie Parker, que tocando instrumentos –en humildes emisoras de radio- hacían que la gente olvidara las penurias que se vivían en esos instantes. El pueblo se reconfortaba escuchando composiciones que, aunque actuaban como falso atenuante de la recesión, hicieron que no fuera tiempo perdido, ya que alimentaron sus espíritus gestando, en cierta manera, una cultura musical que hoy prevalece en muchos y que, en cuestión de jazz, creó leyendas. Sabido es que cuando el pueblo sencillo padece trabas económicas para seguir adelante y nos sentimos náufragos todos, en una barcaza a la deriva y abandonados por los posibles salvadores -como en la dramática y aterradora historia del barco francés Medusa, que plasmó Géricault en su famoso cuadro La balsa de la Medusa-, surgen alternativas que en algunos casos tienen como finalidad contrarrestar los problemas, haciendo creer a todos que la situación no es tan complicada como parece o bien, como describe el espectacular lienzo, ocultar que… nadie quiso rescatar a los suplicantes desamparados en medio de la tempestad. Esa circunstancia se puede vivir muchas veces en el fútbol. Algunas de las escenas que se observan son esperpénticas: ingesta abusiva y ¿perdonable ese día? de todo tipo de alcohol; frases disparatadas y ególatras sobre supremacía de unos frente a otros; chillidos, gritos estertóreos, cohetes, insultos, caras ruborizadas por tensiones más allá de los límites permitidos por prescripción facultativa; cuerpos a medio vestir, torsos a medio desnudar; rostros pintados a la usanza de valientes guerreros sioux, comandados por Tasunka Witko (Caballo Loco); quinceañeras llorosas soñando con algunos de sus más jóvenes héroes, elevados a la categoría de dioses; monarquías olvidando el protocolo y dando rienda suelta al amor más apasionado. No existe la crisis, el desánimo, las injusticias, la violencia de género, las hipotecas in crescendo, las egoístas pugnas entre políticos de diferente ideología, las drogas, la delincuencia, problemas en Educación…porque se retransmiten partidos de campeonatos que obvian toda penuria y devuelven la ilusión, como allá por los años treinta radiaban, en Nueva Orleans o Chicago durante la Gran Depresión, hermosas composiciones de blues o swing para mitigar el desaliento de los más desfavorecidos. Alguien escribió -una vez- algo sobre el opio de los pueblos. No sé bien a qué se refería. Pero, ante lo que se vive a veces -durante las finales- en familias, amigos, reuniones, trabajos, cafeterías, barrios, parques, plazas, calles, ciudades, pueblo llano, gobernantes… pienso que ¡Ah, disculpen, acabo de recordarlo, sí, sí, el opio del pueblo decían era en ocasiones… ¡el fútbol!

Fátima Hernández Martín

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