Él… sí lo hizo

Publicado el 5 January 2011
Archivado en Fátima | 1 comentario

Miraba intrigada, su comportamiento no era el habitual, su amigo se movía nervioso. Desde temprano, le pareció extraño que le propusiera salir. Por eso, cuando la invitó a subirse al coche, no puso reproches, confiaba tanto en él… Siempre que la llamaba, ella estaba dispuesta a escucharle, seguirle y hasta agradarle, siempre dispuesta, incluso cuando su mujer le abandonó por otro hombre y estaba sumido en la desesperación, su carácter era agrio y estaba inmerso en el caos; ella permaneció a su lado, intentando que esbozara una sonrisa. Le había devuelto la ilusión –con sus parsimoniosos movimientos de cadera- … ¡Ah cómo le amaba! Pero, qué intrigante, ¿invitarla a salir con tanta premura? y encima ¿hacerle unas caricias “forzadas”? No dudó, se subió al coche de olor tan familiar y emprendieron la marcha. Casi ni la miraba y esto nunca lo soportaba, le parecía… tan desleal. Siguió atenta a la carretera, mirando por la ventanilla, se alejaban demasiado, no era el recorrido de siempre, los paisajes de siempre, los árboles de siempre, las casas de siempre, ahora cogían por una ruta distinta, diferente y él parecía… ¿ausente? Aprovechó el tiempo y recordó, de nuevo… ¡Cuánto le quería! cómo anhelaba que llegara del trabajo –ella, previamente, acicalaba coqueta y cuidadosa su negro pelo sedoso y brillante- para que le contara historias de oficina, sus peleas con el jefe, los comentarios jocosos de amigos, el jardín que planeaba en la nueva casa, los informes de última hora que le daban tantos quebraderos de cabeza, mientras ella en silencio… sólo tenía ojos para él. A veces, de noche, cuando ya estaba dormido, se acurrucaba despacio, insinuante y cálida junto a su cuerpo, como queriendo protegerlo de algo, de temores, de tristeza, del miedo y entonces… ella, oyendo su respiración rítmica y sosegada, se quedaba dormida, sólo así se permitía el lujo de conciliar el sueño. Después de un tiempo largo de trayecto, cogieron por un atajo. De pronto, al llegar a un recodo sinuoso que se abría a un pequeño claro, bruscamente frenó el coche, abrió la puerta y sin mirarla y con voz seca y áspera le dijo: “baja”. Ella obedeció sumisa y humilde; siempre lo hacía, era su esclava y él su ídolo. Pensó ilusionada que quería decirle algo en el interior del monte, algo que jamás le había dicho, quizás ¡cuánto te amo! ¡me haces compañía!, ¡eres preciosa! Seguro, se lo diría, además era el lugar ideal, a solas los dos, en la intimidad.

Pero de repente, cuando se giró delicadamente para mirarle, oyó el motor del coche que arrancaba y se alejaba, velozmente por la misma ruta por la que habían venido ¡Se iba! se marchaba sin ella, la abandonaba en aquel lugar siniestro, de llovizna perpetua, frío, inaccesible, húmedo y tenebroso, con árboles que se movían al compás lúgubre del viento y sonidos de extrañas criaturas que venían del interior del monte y que empezaban a darle mucho miedo. Comenzó a temblar… ¡Dios mío!, pronto caería la noche ¡no sabía volver sola! ¡estaba sedienta! ¡se hallaba asustada! ¡dependía de él!… Siempre dependió de él. Intentó seguirle, corrió, corrió, corrió desesperadamente, con angustia, sin esperanza, pero cada vez se alejaba más, apenas podía percibir la tenue e indefinida silueta del coche en la lejanía ¡no lo veía! ¡no le vería…jamás! Al final, exhausta y rota de dolor, se abandonó al esfuerzo, se dejó caer sin oponer resistencia e inútilmente intentó llamarle varias veces, pero no tuvo fuerzas, ni siquiera tuvo fuerzas… para ladrar.

Fátima Hernández Martín

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