El jardín

Publicado el 6 December 2010
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El jardín

 

 Rincón, ese pueblito pequeño, perfumado de azahares y siestas largas. El que tiene la única capilla con carillón, Rincón donde los diegos de noche se desmayaban de amor en las alambradas al vernos pasar… y también agobiados por el calor.

El estaba ahí, sentado en la tierra, ausente, preñado de tristeza. No recuerdo su nombre, recuerdo sí su rostro y estaba ahí, sentado con la cabeza entre las manos, yo lo conocía y hoy a la distancia ese rostro se volvió a dibujar entre las imágenes queridas.

Me extrañó su presencia a esa hora. ¿Por qué? Porque siempre a esa hora él tomaba mates con su mujer, con la patroncita- así la llamaba él-, tomaban mates pegaditos al ventanal de la cocina, que se abría íntima, generosa, a su jardín, ellos amaban ese jardín, era bellísimo, la gente se detenía para admirar y aspirar el aroma. Un jardín de revista, a veces algún turista se sacaba fotos teniendo como marco esas flores.

El siempre decía que su jardín era su orgullo, el tesoro, el legado más preciado que le había dejado su madre. De su padre había heredado los silencios, la terquedad y la capacidad para aprender a distinguir el canto de los pájaros y los ruidos nocturnos, de su madre el amor por las plantas – tengo una mano me decía, no hay gajo robado que se me resista-.

Me contó en secreto un día, yo jamás robé nada yo no robo, traslado. No hay intención de robo, uno traslada. Usted necesita algo, lo pide y no se lo dan y el otro tiene más de uno ¿porqué? Y no se lo dan  por las buenas entonces uno lo traslada y así nosotros, los de este lado nos pasamos la vida trasladando cositas. Es la vida ¿vio?

Se quedó en silencio largo rato, me tocó suavecito el hombro, me contó su habilidad para combinar los colores y los olores ¡jamás! , me dijo, ¡jamás! Ponga margaritas pegaditas a las fresias, ¡se llevan mal! , como perro y gato. Y la rosa con la azucena, el agua y el aceite ¡no… No va! Son demasiadas coquetas las dos, pretenciosas, con decirle y no exagero hasta los picaflores están confundidos.

De pronto se calló- me extraña su presencia aquí a esta hora- comenté-. Se paró, se puso muy serio y de un tirón me lo dijo: Sabe qué, ya no tienen razón de ser las mateadas de tardecita en la cocina con la patrona para ver crecer el jardín. Ya no hay ventana, ya nada queda de los días felices ¡se terminó todo! Se sentó nuevamente y se quedó callado con la cabeza entre las manos.

-No me atrevía a preguntar, intuía que algo dolía y mucho. Se levantó y comenzó a caminar en círculos, se paró frente a mí, me miró fijo, los ojos húmedos, se acercó, podía oler su aliento, me señaló con el dedo y me dijo con rabia… –sabe qué, a las mujeres no las entiendo-.

Lo miré, nada dije.

¡Me robó el jardín! Ella ¡me robó el jardín!

Estaba tan triste, casi como un niño al que le quitaron un juguete. Lo miré con ternura.

 

Se sentó, se derrumbó sobre el pasto, sacó tabaco y armó un cigarro, fumó lento.

– La cocina es grande-dijo-, ahora es grande como ella quería… era un rosario… que la familia se agrandó y que están los nietos… y que la cocina nos quedó chica… y que dónde los vamos a meter cuando vengan… y que tenés que agrandar la cocina  ¡me hartó con la cantinela! Y se la agrandé, ahí tiene ahora la cocina grande ¿Sabe cuántas veces al año vienen los hijos, los nietos? ¡Una vez!, para navidad.

 Pero ella quería la cocina grande…bueh ahí la tiene. Le puse ladrillos rojos, hasta la calle, todo lo que daba el jardincito. Ahí la tiene,  toda para ella sola.

Se levantó, me saludó y se alejó lentamente.

-¿Adónde va?

 Al boliche, a jugar una partida de billar con los amigos y a empinar el codo ¿viene?

– Me quedó mirando fijo, con ojos de perro vagabundo, triste, tristísimo, y su voz se perdía… así es doña, a ustedes las mujeres no las entiendo.

 

Lo miré irse y pensé qué hombre afortunado la vida le está dando una oportunidad, en vez de sentirse desalentado debería aceptar lo que le sucede,  mi abuela tenía razón Dios aprieta pero no ahorca; al tiempo le ofrecieron en préstamo el terreno baldío colindante con su casa a cambio de limpiarlo de malezas y ¿qué pasó? A los casi 60 años desarrolló su verdadera vocación fue floricultor, tuvo el más prolífico jardín de todo Rincón y como yapa vivía de la venta de sus flores y su patrona tuvo la piecita tan ansiada sobre la cocina para recibir a los nietos una vez al año ¡para Navidad!

Si pasan por allí en las tardecitas van a ver dos viejitos mateando entre las flores.

                                                                        Marta Ludueña

                                                                           Argentina

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