El efecto onda

Publicado el 18 December 2010
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Recuerdo una noticia que leí hace tiempo. Estaba referida al rescate de un niño americano en la frontera entre Estados Unidos y Méjico por parte de un inmigrante. El joven que ansiaba un sueño de futuro en su vecino gigante, encontró perdido en el desierto a un pequeño y se preocupó de él, haciendo que finalmente llegara salvo y sano hasta las autoridades, a las que él mismo avisó. El niño y su madre habían sufrido un accidente de tráfico y el pequeño deambulaba solo, junto a su perro fiel, desorientado y aturdido…hasta que, lo halló dicho inmigrante mientras intentaba atravesar ilegalmente la frontera. Aun sabiendo el riesgo que suponía, el joven protegió al gringo, cuidándole hasta que apareció la policía ¡claro! que llevó al niño de vuelta a casa y a él de nuevo… a la suya. Las declaraciones del tierno mejicano me conmovieron hasta límites insospechados, cuando leí que había dicho: bueno, si las cosas han pasado así, será porque Dios lo ha querido, no era mi destino que la aventura llegara a buen término.El hecho me provocó la satisfacción del final feliz de la historia, pero sentí pena por el triste sino del joven de buen corazón, que antepuso sus intereses, su futuro, por salvar la vida de otro. El carácter frío de su detención me incitó a reflexionar sobre si los gobiernos y la justicia tienen corazón. Pensé ¿por qué no se premió un acto valiente y generoso con la posibilidad de obtener el visado de entrada? ¿Por qué se deportó al joven y se le trató casi de la misma manera que a otro que quizás hubiera acabado, siniestramente y sin ningún tipo de remordimiento, con la vida del muchacho, incluso le hubiera abandonado, a su suerte, ante la disyuntiva de que supusiera un obstáculo que le impidiera alcanzar su objetivo? Creo que una vez más, como ocurre en muchas ocasiones, se ha perdido la oportunidad de enseñar, de promocionar lo que yo llamo las noticias positivas que tanto escasean. Si tenemos en cuenta el efecto onda que abunda en la sociedad actual, donde nos gusta copiar, reproducir, repetir, imitar conductas y estilos de actuación, por qué no aprovechamos estos hechos infrecuentes, para fomentar en especial en los jóvenes –y no tan jóvenes- el cambio de algunos comportamientos y hábitos hacia los demás. Hubiera sido aleccionador haber premiado a este héroe, pero ¡claro! estaríamos hablando de los corazones de los gigantes y los gigantes… no tienen corazón. Cierto, muy cierto, es que la legislación se ha de cumplir de manera taxativa, de forma seria y correcta, esto es inequívoco, nadie lo duda; pero también es verdad que hay excepciones que merecen un tratamiento diferenciador, que anime a la esperanza, que nos haga pensar que todo no es igual bajo el sol. Hay tantos casos, cuya resolución nos supone momentos de desaliento, de creer que los gigantes… no escuchan su corazón. Es hora, es momento quizás, de que los gigantes empiecen a darse cuenta que es posible tener corazón dentro de esa masa corpórea compleja, laberíntica, entramada, imparcial y deshumanizada que constituyen, en algunas ocasiones: las normativas, las leyes, los reglamentos, los protocolos, los procedimientos… las instituciones, los gobiernos, los estados. El problema del corazón radica, también, en que algunos aún no se lo han encontrado, otros no quieren hallarlo obcecada y tozudamente, e incluso están los que lo buscan, a veces, sólo a requerimiento urgente y clamoroso de los ciudadanos. Por eso, confiemos en que todos los colosos lo encuentren algún día y entonces cuando lo oigan latir, les guste el sonido, perciban las reacciones de energía que les proporciona, se acostumbren a escucharlo de manera frecuente, como norma cotidiana e incluso utópicamente, quieran sentirlo…siempre, porque eso significaría algo maravilloso: su corazón late, por tanto …¡ viven!

Fátima Hernández Martín

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