Cáscara esmaltada

Publicado el 2 January 2011
Archivado en Fátima | Salir del comentario

Lo tomé entre mis manos con cuidado, era tan pequeño que había que hacer un sobreesfuerzo visual para poder examinar lo que llevaba grabado. Con una lupa lo contemplé extasiada ¡qué pena¡ era sólo una sencilla réplica, pero despertaba en mí tanto interés. Dentro del Museo del Louvre, planeando una visita tranquila, volví a sacar el pequeño recuerdo que había adquirido y me alejé en el tiempo, situándome en la antigua factoría que los había hecho, a los originales, hace ya más de cien años ¿qué habrá sido de los auténticos?…pensé. Recordar a Fabergé, es remontarse a la época de los últimos zares. Los antepasados de este artista decidieron instalarse definitivamente en San Petersburgo (Rusia), donde comenzaron a desarrollar el oficio de orfebres y joyeros que fue ganando fama, hasta convertirlos en los más prestigiosos proveedores de las casas reales europeas. Aunque los ortodoxos rusos tienen la costumbre de regalar huevos decorados o pintados con motivo de la Pascua, la tradición de realizar huevos-joyas arrancó cuando la zarina María Feodorovna, madre de Nicolás II el último zar, observó con ocasión de un viaje a su patria de origen una pequeña joya, trabajada en oro y con forma de huevo, que se hallaba expuesta en uno de los palacios de su familia danesa. El hecho lo comentó con su esposo y él, en secreto, para darle una sorpresa, encargó al joyero Fabergé, que se desplazara a Dinamarca para copiarla. De esa manera comienza el hábito de elaborar los famosos “huevos-joyas”, que están considerados auténticas obras de arte. Realizados en oro, platino, brillantes y todo tipo de piedras preciosas, así como sofisticados esmaltados policromados, se convirtieron en objetos de culto y leyenda. Los huevos escondían un enigma en su interior que quedaba al descubierto al abrirse en dos, mediante un mecanismo oculto que había que detectar y accionar. Aparecía entonces desde un mapa minucioso –donde se podían identificar incluso ríos-; hasta retratos de miembros de la familia; flores, relojes o cualquier representación que podamos imaginar, eso sí, de tamaño exiguo, belleza extrema y detalle asombroso. Los huevos de Pascua fueron diseñados por Fabergé desde los tiempos de Alejandro III, -1885- que inició la costumbre, hasta 1917 cuando la Revolución acaba con la familia imperial y la importante casa de joyeros. La leyenda se extendió y el misterio se creó en torno a estas miniaturas exquisitas, sobre todo teniendo en cuenta que después de la Revolución algunos de los huevos se perdieron y a otros se les ha seguido la pista con dificultad. De los cincuenta y seis que componían la colección privada del zar y que se dispersaron después de su deportación, parece que ocho han desaparecido extrañamente, diez están en el Kremlin, tres posee la reina de Inglaterra, uno la familia Grimaldi y hay varios dispersos entre particulares, museos e instituciones de Estados Unidos y Europa. El halo de secreto perdura, hablar de Fabergé y de su obra –también realizó delicadas pitilleras, cajas, marcos, jarrones o figuras; piezas que poseen sobre todo miembros de casas reales- es mentar una época esplendorosa, enigmática, velada… pero en gran medida triste e injusta, aunque parte innegable de la Historia, que para algunos resulta indudablemente intrigante y seductora.

Fátima Hernández Martín

Post to Twitter Tweet This Post

Comentarios

No hay mas respuestas