Una madre en el rayo verde

Publicado el 30 April 2010
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No percibía sus extremidades inferiores y se volvió hacia un lado para evitar que las náuseas que sentía, desde hacía horas, se acrecentaran. Aun así, intentaba animarse pensando que cada vez faltaba menos. Acurrucado entre cinco compañeros logró hundirse, de tal forma, que el ínfimo calor que emanaban sus cuerpos, le proporcionaba algo más que cobijo en su desesperada ansia por llegar pronto. Visualizó la imagen de su madre ¡cómo la quería! Pero era poco probable que la volviera a ver, no, no estaría con ella cuando muriera ¿Lo haría sola y abandonada, suplicando ayuda, gritando su nombre? Volvió a recordar su rostro, la mujer con hilos de plata en su cabello y cara surcada por caminos de desalientos, había quedado allá en la aldea, junto a dos primas que le prometieron cuidarla. Recordó que cuando se marchó, al no tener nada que darle, le había confiado un secreto: cerca de su región, los últimos rayos del sol adoptan una coloración verde antes de ocultarse, al amparo de la frontera con el horizonte. Le prometió que si algún día la necesitaba, la encontraría allí, en el rayo verde: Los días de calma mira al horizonte sobre el mar, busca el rayo verde, allí te esperaré hijo, siempre. Las olas rompían contra el cayuco, que se mecía como una cáscara, frágil pero enhiesta y desafiante, entre un torbellino de espuma, viento, agua y frío que empapaba todo el cuerpo, a él y a todos. Notó que se asfixiaba. Cuando me reponga buscaré un trabajo, pensó; podré hacer cualquier cosa: cultivaré la tierra, cuidaré ganado, les limpiaré sus calles o les haré recados; con tal de comprar comida, tener techo seguro y enviar algunos euros a casa. Pero no quiero entrar en líos, ya me lo advirtió mi madre: hijo, cumple las normas, hazte acreedor de respeto y confianza. Es preferible tener poco pero ser honesto, que deshonrar tu nombre, casa y pueblo por acaparar lo que no te pertenece. A Ihtu le costaba memorizar, le fallaba la vista, casi no oía el rugido del mar, hasta la imagen de su madre aparecía borrosa en la distancia, diciéndole el mismo adiós del último día, medio difusa, casi confusa, como lejana ¡madre, madre! gritó y luego dijo nada. Unos operarios ayudan al cayuco al llegar a puerto, van bajando todos lentamente, a duras penas, sólo uno permanece inmóvil. Lo separan del resto, está muerto, ya no es prioritario. Anochece sobre las Islas, la tierra de la gente tranquila, del clima sosegado, del trabajo, las risas, la ilusión, del amparo. Quizás, ahora Ihtu comería galletas o construiría cometas ¿Quién era Ihtu? Sí, sí, recuerden, aquel joven muchacho, que era tan ufano, que estaba ilusionado. Aún busca el rayo verde por cielos oceánicos, no importa lo que implique, si es tarde o muy temprano. Le dice a quien le ayuda, que llega salvo y sano. También les asegura, que allá en el horizonte, su madre como siempre, llorando le ha esperado.

Fátima H.

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