Tío Ethan, centauro del desierto

Publicado el 24 February 2011
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Hace poco he tenido ocasión de recordar -casi sin proponérmelo- una de las cintas más hermosas del llamado cine de temática Western. Me refiero a la película “Centauros del desierto” (The searchers), y lo hacía mencionando una de las primeras de sus escenas, aquella que a mí me produce una extraña sensación de “pavor”  e “inquietud”. La mentada escena está referida a la espera tensa y dramática que una familia de rancheros soporta ante el inminente ataque de un grupo de comanches. No sé qué tiene ese momento o ese grupo de fotogramas, en especial los posteriores cuando el perro de la casa encuentra -en el desierto- la muñeca de una niña, como señal inequívoca de que ha sido raptada por los indios después de masacrar a toda su familia. A partir de ahí, entra en acción el tío Ethan, o sea Wayne en estado puro y -nunca mejor dicho- duro, que buscará sin descanso, durante años, a su sobrina (la niña), haciendo de este objetivo una obsesión de su vida. Es curioso, sí, porque aunque hay situaciones o momentos en Cine que identifico con la pasión más desgarradora, el amor absoluto, la crueldad o la desazón, son esos primeros instantes los únicos que he llegado a asimilar con tensa espera, inquietud por lo que va a suceder, atmósfera extrema, como si en lugar de un Western, este filme fuera una película de suspense, que yo percibo -a lo largo de toda la narración- sin solución de continuidad. Y esa luz oscura, ese miedo innato, esas señales -sonidos guturales- de los comanches en medio de la noche fría del desierto, esa pequeña que se aleja mientras yo le grito -desesperada- desde mi sofá que no lo haga, se convierten cada vez que la visiono y sin que yo pueda saber muy bien el porqué, o en realidad sí lo deduzca, en la mejor forma de plasmar “angustia en pantalla” que se ha realizado con una cámara, y la cara de Wayne -gracias a Ford, el director- en el claro reflejo del odio y la venganza de un hombre que no encuentra…la paz.

Fátima Hernández Martín

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