Poesía de otrora y de ahora

Publicado el 26 April 2011
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Desde siempre, casi desde que era pequeña, muy niña, he sentido fascinación por los poetas y su poesía. Sí, aquellas delicadas y sosegadas estrofas que me enseñaban o aconsejaban los profesores en el colegio –por las mañanas- las repetía (incluso a duras penas) en casa, por las tardes o por las noches, muchas veces hasta cansarme, para acabar extasiada la mayoría de las ocasiones y terminar refugiándome remolona en las sábanas perfumadas y cálidas que velaban mi descanso. Mis poetas favoritos (los hermanos Machado, García Lorca, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez o Rubén Darío) provocaban en mí, al leerlos, una extraña sensación, haciéndome llorar casi siempre. Nunca supe, jamás he entendido, el porqué de estos sentimientos, el motivo de esas emociones tan intensas, al igual que intensos y casi apasionados eran, siguen siendo igualmente aquellos textos. Tampoco ahora lo sé cuando me lo pregunto incauta e inconsciente, pero al leer o escuchar estrofas distintas, distantes, susurrantes, insinuantes y algunas hasta desgarradoras y delirantes, me pierdo a propósito –de nuevo- en mi mundo, vuelvo a soñar despierta, retomo la imaginación de escenarios, intuyo situaciones, imito expresiones y entiendo -jocosa y convencida- que la poesía, los poemas, los escritos, las palabras, los textos… quizás me emocionan porque me hablan como hablan las personas cercanas, las amadas, las cuidadas, las no olvidadas, como se explica alguien que despacio, sin prisas y con sonidos atenuados, agradables y… fluidos me hace perder y recuperar al mismo tiempo… mis sentidos.

… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros

cantando;

y se quedará mi huerto, con su verde árbol

y con su pozo blanco.

Todas las tarde, el cielo será azul y plácido;

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel de mi huerto florido

y encalado,

mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol

verde, sin pozo blanco,

sin cielo azul y plácido…

Y se quedarán los pájaros cantando.

(El viaje definitivo, Juan Ramón Jiménez)

Fátima Hernández Martín

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