La escalera de la heredera
Publicado el 2 Marzo 2011
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Si hay una película con la que identifico a la actriz Olivia de Havilland, no es precisamente la extraordinaria cinta “Lo que el viento se llevó” donde interpreta a la dulce y bondadosa Melania Hamilton, no, curiosamente se trata de un filme titulado “La heredera” (1949, W. Wyler), basado en la novela de H. James, en el que interpreta a Catherine, una mujer soltera y tímida, algo mayor y muy poco agraciada físicamente -el maquillaje y la caracterización son magistrales y nos hacen olvidar la bella actriz que todos conocemos-. Heredera de una fortuna importante, vive con la única compañía de su padre que le dirige -de forma cruel y despótica- su vida, apartando cualquier atisbo de pretendiente que surja en su entorno por temor a que sea un cazafortunas. Cuando aparece en su camino -durante un baile de sociedad- un joven (ambicioso), interpretado por un atractivo Montgomery Clift, al que sólo le interesa su herencia, ella se ilusiona de nuevo, enamorándose y planeando incluso la fuga con dicho joven. Pero él no acude a la cita en la que ambos pensaban marcharse “desheredados”, y la desazón y el desconcierto llenan su corazón, volviendo bruscamente a la situación hermética y cerrada en la que se encontraba antes de conocer al joven. Cuando él retorna, suplicando su perdón, ella -humillada y herida- se niega a abrirle la puerta, dando lugar a la extraordinaria escena en la que Catherine sube las escaleras a la luz de una lámpara, despacio, enhiesta, digna, indiferente a la llamada de él, que aporrea -desesperado y suplicante en medio de la lluvia- el portal de la mansión. En esta película la genial actriz nos brinda una serie de registros interpretativos, mostrándonos distintas etapas que van desde la humildad y la dulzura inicial, a la ilusión y la ternura del amor, para terminar con la amargura, la crueldad y el orgullo ante la humillación sufrida. “La heredera” nos recuerda, quizás, la necesidad de perdonar los errores de los demás, de evitar que nos invada la intransigencia, que no conducen a hacernos más felices sino, al contrario, a atormentarnos y agriar nuestro modo de ser y ver el mundo. La escalera que va subiendo Catherine es -en realidad- un camino hacia la derrota, el abandono y a no reconocer la capacidad de equivocarnos, guardando las formas en lugar de perdonar las debilidades humanas, que conducen a la felicidad, aunque sea durante un tiempo fugaz, muy corto, lo que tardamos en subir cada uno de los peldaños de nuestra vida, hasta que la luz de la lámpara se apaga, sin que nos tenga que importar haber llegado arriba sin haber tropezado…
Fátima Hernández Martín
Las zapatillas de Cenicienta
Publicado el 1 Marzo 2011
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La anécdota ocurrió en un comercio de mi ciudad, donde una chica intentaba adquirir unas zapatillas deportivas, sin marca famosa, que quería para mitigar el cansancio que soportaban sus frágiles piernas, dadas las numerosas horas que llevaba apostada en una esquina, ofertando un falso sueño de compra-venta. La joven de pelo rubio cubierto con un manto de rizos y cintas de colores, vestido a la moda actual y aspecto infantil, contaba minuciosamente el dinero de una cartera de tela –muy tosca - comprobando con desesperación que le faltaban algunas monedas para adquirir su anhelado calzado. En concreto, carecía de cuatro euros para completar la cuantía y la dependienta se negaba a vendérselas. La chica se mostraba ansiosa, se hallaba angustiada, casi suplicaba entre sollozos. Una señora a su lado, observando los zapatos desgastados e inservibles que llevaba, se ofreció generosa a pagarle el importe que faltaba para que ella pudiera tener, finalmente, su deseado objeto. La joven cogió el dinero de forma presurosa y le dijo antes de marcharse: gracias algún día, cuando la vea por la calle, le devolveré el dinero. La señora se rió ante su gracia ocurrente y le contestó: no me debes nada, a mí el dinero no me sobra, pero… Así lo haré, respondió, y salió veloz hacia la calle, como si se hubiera cumplido su más preciado deseo. Cuando me contaron esta anécdota, reflexioné sobre la caridad, las cosas que se hacen para ayudar y no para obtener beneficio económico o contrapartidas. También medité sobre los sentimientos nobles que llenan los corazones de la gente y la capacidad de conmovernos, que aún perdura en muchos de nosotros. A veces es habitual que nos crucemos en la calle, sin percatarnos, con personas que necesitan muy poco de los demás: unas zapatillas valoradas en pocos euros; una cálida bufanda tejida torpemente; caramelos, un libro añorado, un pañuelo bordado; una pintura, un poema aunque no haya mucha rima, flores incluso silvestres, plantas que no tienen que ser de orquídeas; esencias por ejemplo de naranja; una sonrisa… Nimiedades, a las que ni damos importancia por estar hastiados de que todo nos sobre y nada nos falte y que pueden llenar de felicidad al que las recibe. Me contaron que la sonrisa de aquella chiquilla fue para la señora su mejor regalo. Por eso, creo que quizás ahí radique la auténtica humanidad, la de cinco estrellas. A esa no se le pone precio, no se corresponde con otro regalo como respuesta, fotografías en prensa, publicidad ostentosa, desgravaciones en Hacienda, favores, deudas morales u obligaciones a regañadientes y debe ser gratuita como la sonrisa que iluminó el rostro de aquella muchacha, que rebuscaba ansiosamente en su billetero roído por la injusticia, la pobreza, la falta de ilusión o…el tedio, las monedas que faltaban para adquirir unas humildes zapatillas “sin marca reconocida”, pero que se transformaron en mágicas aquella tarde, unas deportivas sencillas con las que cubrir sus pies cansados de… nueva Cenicienta, una Cenicienta en los albores del siglo XXI… ¡increíble!
Fátima Hernández Martín
Escenas de patrimonio
Publicado el 26 Febrero 2011
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Dicen unos versos de Calderón de la Barca: al rey, la hacienda y la vida se han de dar. Pero el honor, el honor es… patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios. Consulto el diccionario buscando la definición exacta de honor y la anoto en mi cuaderno: cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo. Cada vez que escucho o leo estas palabras, tan hermosas, no dejo de pensar en el mencionado término que, hoy en día, no tiene el mismo significado que en la época del ilustre dramaturgo del XVII. Aquella, ya lejana, en que los espadachines ofendidos por cualquier cuestión, muchas veces nimiedades que atenazaban su dignidad, eran capaces de batirse en duelos extremos con resultados nefastos para uno de los dos contrincantes. Afortunadamente, ya no estamos en los tiempos de antes, por ejemplo los relatados en la novela La letra escarlata en la que una joven –Hester Prynne- cuyo esposo había desaparecido hacía años en un naufragio, y que vive en una comunidad muy puritana en Nueva Inglaterra, sufre la indiferencia y vejación de todos sus vecinos por haber tenido una hija, sin padre evidente cuyo nombre no quiere revelar, dado su concepto de lealtad y amor. Por ello, es obligada a llevar cosida a sus ropajes durante toda su vida una letra “A” roja, símbolo de adúltera, como prueba de su injustamente considerada “vergüenza” y “mal hacer”. No es el único ejemplo de lo que marcaba otrora la reputación de una persona, muchos se pueden comentar desde otra perspectiva. Recuerdo una hermosa novela que me impactó hace años, La gesta del marrano del escritor Marcos Aguinis. Yo era adolescente y aún así la leí durante un sofocante verano, ignorando el paso de las horas en aquellos tranquilos momentos de estío. En ella, Francisco Maldonado da Silva, decide defender su religión -judía-, sus principios, su verdad, en contra de la Inquisición, en el contexto del duro e intransigente Perú colonial. Gracias a su deliciosa lectura y las emociones intensas, muy bien descritas desde mi punto de vista, disculpen los expertos si yerro, que provocó en mí –algunos fragmentos me hicieron llorar- pude entender de dónde venía la palabra sambenito, es decir, de la túnica a modo de escapulario, confeccionada con burda tela de saco de color amarillo, que obligaban vestir y pasear a los condenados por algún tipo de causa. Cuántas veces, pensé entonces, se han colgado injustos sambenitos a gente, que ha hecho nada de lo que se le culpa…Y puesto que nos movemos en una sociedad libre, democrática, con deberes pero también con derechos inherentes a todo ciudadano, el asunto debe ser extremadamente prioritario y cuidado, porque a la larga eso nos hará más justos. Los sambenitos actuales no son como antaño, de una tosca tela que se ponía o quitaba, por la cabeza, a voluntad. Hoy se fabrican de materiales más resistentes, difíciles de eliminar, se graban intensamente a base de rumores de níquel, afirmaciones de bronce, difamaciones de acero o injurias y calumnias de hierro que dañan a personas inocentes, cuyas heridas cicatrizan después de mucho tiempo. El precio de la restitución es muy costoso, implica infinitos silencios… intenso dolor. Pero retomando a Calderón, probablemente el problema de la indiferencia hacia la prez de la gente radique, hoy en día, en que tenemos a Dios algo olvidado. Por tanto, reflexiono, si las almas no tienen dueño, el patrimonio será común… ¡Ahora lo entiendo! ya comprendo ciertas escenas de la vida cotidiana y porqué algunos se permiten hablar de otros, es sólo una cuestión de uso y disfrute del patrimonio, el patrimonio del alma que parece ser ¿es de todos?
Fátima Hernández Martín
Tío Ethan, centauro del desierto
Publicado el 24 Febrero 2011
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Hace poco he tenido ocasión de recordar -casi sin proponérmelo- una de las cintas más hermosas del llamado cine de temática Western. Me refiero a la película “Centauros del desierto” (The searchers), y lo hacía mencionando una de las primeras de sus escenas, aquella que a mí me produce una extraña sensación de “pavor” e “inquietud”. La mentada escena está referida a la espera tensa y dramática que una familia de rancheros soporta ante el inminente ataque de un grupo de comanches. No sé qué tiene ese momento o ese grupo de fotogramas, en especial los posteriores cuando el perro de la casa encuentra -en el desierto- la muñeca de una niña, como señal inequívoca de que ha sido raptada por los indios después de masacrar a toda su familia. A partir de ahí, entra en acción el tío Ethan, o sea Wayne en estado puro y -nunca mejor dicho- duro, que buscará sin descanso, durante años, a su sobrina (la niña), haciendo de este objetivo una obsesión de su vida. Es curioso, sí, porque aunque hay situaciones o momentos en Cine que identifico con la pasión más desgarradora, el amor absoluto, la crueldad o la desazón, son esos primeros instantes los únicos que he llegado a asimilar con tensa espera, inquietud por lo que va a suceder, atmósfera extrema, como si en lugar de un Western, este filme fuera una película de suspense, que yo percibo -a lo largo de toda la narración- sin solución de continuidad. Y esa luz oscura, ese miedo innato, esas señales -sonidos guturales- de los comanches en medio de la noche fría del desierto, esa pequeña que se aleja mientras yo le grito -desesperada- desde mi sofá que no lo haga, se convierten cada vez que la visiono y sin que yo pueda saber muy bien el porqué, o en realidad sí lo deduzca, en la mejor forma de plasmar “angustia en pantalla” que se ha realizado con una cámara, y la cara de Wayne -gracias a Ford, el director- en el claro reflejo del odio y la venganza de un hombre que no encuentra…la paz.
Fátima Hernández Martín
¿Dónde están las llaves?
Publicado el 22 Febrero 2011
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No, no estoy repitiendo el estribillo de una antigua canción infantil. Me pregunto acerca del futuro, hacia dónde podemos mirar en estos momentos de desazón, con noticias alarmantes sobre crisis económica mundial, cambio climático/global, diferencias marcadas entre países, confusión… ¿hacia dónde? Les propongo un lugar, sí, un lugar que creemos “a priori” muy bien estudiado, del que intuimos saber todo, aunque les aseguro que no conocemos sino una ínfima parte de su contenido, de los complejos mecanismos que lo rigen, de los enigmas que encierra, y quizás de muchas de las soluciones a los problemas que preocupan: hablo del Océano. Cierto, muy cierto, que existen excelentes equipos de investigación, preparados y trabajando en el día a día de forma puntera; magníficos y ambiciosos proyectos y programas que, apoyados desde distintos gobiernos y diferentes instituciones, indagan misterios de las aguas marinas, pero queda mucho por hacer y en especial por desvelar. Y desde pequeños y curiosos organismos que se mueven plácidamente en las aguas (yo los denomino cariñosamente por deformación profesional: nómadas oceánicos), transparentes y frágiles – medusas y aguasvivas, que no es lo mismo-; gigantes ballenas y rorcuales que recorren tranquila y pausadamente las aguas del Planeta con dos objetivos fundamentales: alimentarse y reproducirse, incluso aquellos que prefieren instalarse en zonas determinadas como las colonias de calderones del sur de la bellísima isla de Tenerife… hasta los colosos, enigmáticos y huidizos calamares gigantes que, muy pocos, han visto dados sus hábitos por lo más oculto de los mares donde buscan alimento y –en ocasiones- combaten ferozmente con sus enemigos acérrimos: los cachalotes … queda mucho por descubrir. Probablemente, nos emocionaremos ante noticias que se publiquen, cuando técnicas de recolección de organismos que habitan lugares crípticos (cuevas, cornisas, grandes abismos) sean aún más innovadoras que en la actualidad. Por eso, cada vez que me pregunte, después de estudiar una publicación sobre la aparición de nuevas formas de vida a varios miles de metros de profundidad; de examinar resultados de investigaciones sobre el papel de los océanos en el cambio global, captando el exceso de dióxido de carbono de la atmósfera y expulsando oxígeno a la misma; de analizar un amplio documento sobre los recursos de zonas ricas en pesca del Planeta, entre las que se encuentra la cercana costa africana; de conocer informes sobre la viabilidad del krill como ingesta para el hombre o discutir los últimos avances sobre la utilización de microalgas como opción destinada a biocombustibles …sí, sí, cuando me pregunte intrigada ¿dónde están las llaves? ¿las claves del futuro? responderé ilusionada sin dudar: en el fondo del mar, matarile, rile…la.
Fátima Hernández Martín
El extraño caso del cisne negro o la historia de un abandono
Publicado el 8 Febrero 2011
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Hace unas dos semanas en una playa tranquila y casi vacía, sólo habitada en horas matutinas por ostentosas gaviotas y unos cuantos humanos que se resistían a dejarse vencer por el frío, me sucedió un hecho insólito. Mientras nadaba plácidamente, en medio de aguas calmas y sosegadas rozadas por un sol que -más que calentar- sólo pretendía acariciar, vislumbré la silueta delicada, majestuosa y estilizada de un cisne negro en la lejanía. No lo creí al principio, no era lógico que estuviese allí. Pero sí, no cabía duda, era un destacado ejemplar –quizás aún no adulto- que intentaba a duras penas luchar contra la corriente dominante, que lo empujaba inexorablemente hacia la bocana del espigón protector de la playa. Algo raro en el ambiente insinuaba que sucedía un hecho extraño. Las gaviotas, alteradas, intentaban persuadir al animal que se alejara (era un intruso para ellas) y revoloteaban inquietas, haciendo de vez en cuando vuelos rasantes para intimidarlo, mientras él –temeroso- agitaba sus alas en una demostración improductiva de poderío y dominio de la situación. Me sentí sola, impotente, no podía hacer nada para salvar al bello cisne de un destino incierto y casi con total seguridad mortal, al observar que se alejaba cada vez más hacia mar adentro. En invierno, las playas suelen estar deshabitadas, en especial en horas tempraneras aunque vengan disfrazadas de animosos estíos tardíos. Ya en la arena, observé cómo el animal, con dificultades, lograba subirse a una de las barcas de pescadores, fondeada no muy lejos, hacia la que le había llevado –afortunadamente- la corriente. Ahí perdí su pista, no supe nada más. Quise pensar que se habría salvado, que alguien lo rescató en ese último momento desesperado cuando la vida, como en esta historia, siempre o sólo en ocasiones, pone una barca a nuestra disposición para que podamos subirnos en esos instantes frontera entre la nada o el todo; la esperanza o la desilusión; el regreso o la huída definitiva. No, no volví a ver al cisne negro, un ser probablemente abandonado por alguien para el que ya no significaba nada, a pesar de los ratos que, seguro, le hizo compañía, regalando al tiempo la visión de unas alas delicadas que destacaban airosas en aquel entorno extraño. Un escenario que optó, generoso o caprichoso, no sabemos muy bien el porqué, por devolverlo de nuevo a la vida.
Fátima Hernández Martín
A dos brazas del limbo
Publicado el 18 Enero 2011
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Dice la RAE que estar en el limbo es…”ignorar los entresijos de un asunto que nos afecta…”, entre otras muchas acepciones que tiene la palabra, la mayoría de las cuales hacen referencia a ámbitos donde la tradición ubica a aquellos que no han recibido el bautismo (creyentes) o que no se han espabilado (no creyentes). No sé si alguno de ustedes, señores, ha estado en el limbo alguna vez, yo reconozco que llevo unos años en ese lugar, o quizás he estado allí siempre. Es curioso el limbo, sí, es un estado extraño, porque mientras estamos en él, no nos enteramos de muchas de las cosas que ocurren a nuestro alrededor, al menos no somos conscientes de que algunas están sucediendo y retornas a la realidad cuando se han resuelto de manera satisfactoria. De todas formas, hay que decir que no se está mal allí, no, porque entras en una especie de aletargamiento emocional que te impide percatarte de acontecimientos que te harían desatar todo un infierno o dejar de creer en la existencia de paraísos ansiados. Además, mientras transitas o te instalas en el limbo no te enteras cómo van los ministerios, el paro, los presupuestos, las guerras en países lejanos alentadas por gobiernos cercanos; el hambre más allá de los atestados comedores sociales, los malos tratos de algunos hombres hacia mujeres o viceversa, las epidemias de gran extensión y manipulada difusión; la especulación no tan precoz, las mentiras, las crueldades. Curiosamente en este punto recuerdo que el escritor, humorista y periodista Mark Twain comentaba que -si existía el Paraíso, en el caso de Adán sería sólo donde estuviese Eva, o bien en relación al Infierno, el mismo autor en una de sus muchas citas magistrales exponía…aunque prefiero el Paraíso por el clima, me gusta más el Infierno por la compañía. Ahora he redescubierto a Twain en una presentación peculiar de su obra Guía para viajeros inocentes que reseñé hace meses en perolibros. Es el mismo Mark Twain (Missouri, 1835) que eligió ese seudónimo, se llamaba Samuel Langhorne Clemens, porque significaba “a dos brazas de profundidad, marcando dos brazas” (calado mínimo necesario para la buena navegación), en alusión a la época en que surcaba el plácido y sofocante Mississippi. Porque él trabajó como piloto de un barco de vapor en el mentado río, tan vinculado desde siempre a su historia personal y a la de todos ¿quién no ha leído “Las aventuras de Huckleberry Finn”? También ejerció otros oficios, el primero de todos como aprendiz en una imprenta, impronta que quizás marcó premonitoriamente un destino que le iba a llevar de mayor a estar muy vinculado a letras que le dieron reconocimiento universal. Es el mismo escritor irónico que se apuntó a uno de los primeros circuitos programados de la historia, que le llevó a descubrir Grecia y Oriente Medio en una época, eso sí, poco propicia a los desplazamientos de turistas, como fue el siglo XIX, etapa que nunca los quiso organizados en cómodos hoteles, puntuales visitas culturales o saneados navíos, sino al contrario los prefirió anárquicos, sin estaciones, trayectos seguros, paradas estipuladas o guías especializados, no, en ese siglo los viajeros se decantaban por aventuras románticas, con contratiempos, enfermedades, asaltos… sólo así se garantizaba el pase a la historia, pero no a la de ellos, sino a la de todos. El Twain que se inscribió en ese primer viaje organizado, como reportero del diario Alta California, pudiera parecerse a uno de nosotros mientras disfrutamos de alguna ruta establecida detalladamente para las vacaciones. Dicha experiencia la plasmó en la obra The innocents abroad (1869) antes citada. Ese sagaz redactor un día exclamó… Si quieres saber si amas u odias a alguien, haz un viaje en su compañía, pues creo que estaba en lo cierto y bien podríamos ponerlo en práctica ante la duda, salvo está que cada uno prefiera seguir cómodamente instalado en su limbo particular o muy, muy cerca… como “mark twain”, es decir, como marcando dos brazas de él…
Fátima Hernández Martín
Son risas y sonrisas…
Publicado el 15 Enero 2011
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Dicen los más avezados que, para hacer frente a las dificultades presentes a lo largo de nuestra vida, es fundamental reír. Porque la risa, está demostrado, estimula el sistema inmunológico, aplaca la ira, sosiega el espíritu, llena de alegría, anima los días, calma temores, infunde ilusiones, nos hace más fuertes, nos vuelve más sanos, incluso dicen… nos hace parecer más ufanos. Podríamos recordar algunas sonrisas que han pasado a la Historia, como la mítica de La Esfinge de Gizeh, allá en el Egipto de los faraones, que tanto sorprendió en su día a mujeres para las que el enigma formaba parte de su vida, como la famosa escritora Agatha Christie que la contempló mientras visitaba Oriente, acompañando a su segundo esposo el arqueólogo Max Mallovan. En torno al Nilo legendario, pasaba largas temporadas durante las sofocantes y crudas expediciones que su marido organizaba buscando yacimientos ocultos en arenas y piedras de desiertos. A veces la imagino, en horas vespertinas, cuando la escritora de formas exquisitas, guantes, sombrero y figura algo oronda, contemplaba la lejanía desde la habitación de su hotel en Aswan, en concreto desde el antiguo Old Cataract. En dicho edificio con reminiscencias de principios del XX –fue inaugurado en 1899-, se han hospedado otros personajes de la Historia como el zar Nicolás II, Howard Carter, Clemenceau, Churchill, el duque de Connaught o el rey Faruk, por citar sólo algunos. Ella sabía que, aunque muy lejos en la distancia, la Esfinge le sonreía en piedra milenaria, mostrándole un gesto cómplice por su valentía de escritora e intrépida. O quizás también podríamos destacar a la “mulier ingenua” como dicen algunos, en especial el investigador florentino Giuseppe Pallanti, llamaba Francesco del Giocondo a su esposa Monna Lisa por la que sentía auténtica pasión. Esta obra pictórica ambigua sigue atrayendo de manera perpetua a los que, intrigados, intentan descifrar la ironía que encierra su rostro, plagado de incógnitas, tantas…que se ha convertido en uno de los más famosos cuadros de la pintura universal. Podríamos seguir y no acabaríamos…la falsa sonrisa de las hienas, imitada y aplaudida por personajes siniestros; la inocente de un niño que a todos cautiva; la cómplice de aliados, la pícara de amantes, la despiadada de burla y desprecio; la protocolaria de cortesía, la sincera de agradecimiento, la entusiasta de ilusión, la nostálgica de recuerdos, la esperanzadora de sueños, tantas, varias, todo tipo… La insinuación, las formas y normas, la amistad, el amor o la ironía pueden ser expresados de modo diferente por la misma, por una eterna y única sonrisa. Mientras, para la felicidad exultante, la plenitud, el gozo, la dicha extrema… no nos basta y preferimos ir más allá, no pudiendo reprimir una risa desbordante y magnánima que todo lo inunda. Reír o sonreír, igual de válidos para diferentes etapas de nuestras vidas, de nosotros mismos, de otros… Como expresión de simples o complejas relaciones sociales, de momentos, de estados de ánimo, de…casi todo. Y frente a la tristeza o al llanto que acompaña la congoja, el desaliento, el desánimo, la impotencia, la rabia, la falta de ilusión o la pena, no cabe duda que la risa, o al menos –como dicen los entendidos- su expresión más sutil, hace que la vida nos parezca distinta durante segundos y quizás de modo ilusorio nos permita sentirla diferente, al menos… esos ínfimos instantes.
Fátima Hernández Martín
El alma de Lía
Publicado el 11 Enero 2011
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Cada vez que releo la novela Marianela que escribió Benito Pérez Galdós en 1878, recuerdo la emotiva y extraña historia que una vez me relataron sobre Lía. Ella era una joven que apenas salía de su casa. Llevaba años llevando una vida tranquila. Una extraña enfermedad le había deformado su hermoso rostro de diosa nívea, piel blanquecina y ojos azabache y la había convertido en un ser deforme, extraño y retraído que evitaba mirarse al espejo, a los que había eliminado, en un arrebato de cólera, de su casa. Cada día atendía -a petición propia- un teléfono de auxilio, en el que con su voz dulce, animaba y ayudaba -en la medida de lo posible- a todos aquellos que arrastraban un problema y que viéndose solos, únicamente disponían de este medio, como recurso, como salida.
Cada tarde, después de pasar la jornada bordando exquisitas telas para trajes especiales que le encargaban hermosas mujeres de miradas profundas, maquillaje excesivo, cutis resplandecientes, bocas carnosas y almas vacías, se sentaba frente a su centralita y escuchaba, con atención, los problemas y angustias que otros le relataban.
Era frecuente que un hombre la llamara, cada dos o tres días, y le contara afligido sus penas y cuitas. Decía que había sido un arquitecto de renombre, cuya esposa le había abandonado desilusionada. Lía le aconsejaba que no perdiera la esperanza, que quizás algún día ella volvería a su lado, pero él le confesaba extenuado que no, ya que sabía con certeza que había rehecho su vida, incluso la justificaba, era joven, bella, tenía derecho. Lía le animaba cada vez que hablaban, le contaba historias, le decía que la vida era una caja de sorpresas, que podía cambiar radicalmente de un día para otro. Era su válvula de escape ante los días amargos y tristes que a su juicio vivía. La relación se fue acrecentando, él la llamaba cada vez con más frecuencia y ella le esperaba con más vehemencia. Se habían acostumbrado a esa relación tan especial en la que ella aportaba candor y él recibía atención. La frecuencia de las llamadas se incrementó, pasó a ser diaria, a una hora concreta, determinada. Si ella no le atendía, se encontraba desamparado. Ella, cuando él no la reclamaba, se sentía desanimada. Se empezaron a acostumbrar a hablar, a comunicarse, a apoyarse mutuamente y poco a poco, sin ser conscientes se enamoraron. Él no daba crédito, sólo quería llamar a la joven. Ella aunque se negaba a creer la evidencia, notaba cómo su mente y su corazón se revolvían al oír su voz, su profunda, varonil, cautivadora y ya… no tan desanimada voz.
Un día él le propuso verse, después de dos años, creía que era el momento oportuno y no había nada ilógico en tomar juntos un café. Ella le dijo “no”, aunque lo deseaba. Sabía que cuando observase su rostro deforme, le provocaría tal rechazo que no querría volver a verla. El insistió, pero ella se negó taxativamente. Dejó el trabajo y abandonó la centralita, sólo se dedicó exclusivamente a bordar y suspirar… Él, desesperado, la buscaba, preguntaba, insistía, indagaba, pero rendido ante la evidencia desistió.
Transcurrieron cinco años. Un día, sin esperarlo, le dijeron a Lía que había una posibilidad de solucionar su problema e ilusionada quiso tomar el primer vuelo hacia… el futuro. Estando ante la puerta de embarque, a la espera de subir al avión, observó a un hombre que le llamaba la atención, había algo en él que le resultaba peculiar, su corazón se sobresaltó, nunca le había pasado nada igual, bueno, sí le había pasado pero hacía tanto tiempo, algo especial la imantaba hacia él, quizás… pensó. Cuando se colocó delante de él en la puerta de salida, dándole la espalda e intentando ocultar su rostro con vergüenza y disimulo, oyó que decían…. ¡ojalá fueses Lía! Ella sin girarse le respondió ¿me ha reconocido? Él contestó: me ha parecido percibir la belleza de su alma, como hace años, cerca de la mía.
Fátima Hernández Martín
“La belleza del rostro es frágil, es una flor pasajera, pero la belleza del alma es firme y segura” (Molière)
El rey que quería dar un discurso…
Publicado el 10 Enero 2011
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Estos días en que asistimos, algunos especialmente interesados, al estreno de la película titulada “El discurso del rey”, viene a mi memoria la historia de los protagonistas de la cinta, es decir, del rey Jorge VI y de su esposa Isabel Bowes-Lyon, que ostentaron hasta acceder al trono de Inglaterra el título de duques de York. Cuando en el año 1936 sobrevolaban, sobre el palacio de Buckingham, nubes tormentosas de un romance que acabaría, después de casi un año complicado, en renuncia al trono, boda soterrada en Tours (Francia) y por qué no decirlo uno de los mayores escándalos socio-políticos de la primera parte del siglo XX, nada hacía presagiar a la tranquila familia York que su vida iba a cambiar de la noche a la mañana. La renuncia al trono de Eduardo VIII debido a su amor (mucho más que amor diría yo) por una mujer, compleja y denostada en la época por su condición de divorciada, Wallis Simpson, supuso el ascenso de su hermano menor, Jorge, tan distinto del monarca. Tartamudo y con problemas de expresión, apocado, tímido y “sencillo” (aunque teniendo en cuenta que aquí el concepto de sencillez se maneja de forma distinta, debido al entorno) el nuevo rey “por obligación” se encontró “de repente” con deberes para los que no estaba preparado psicológicamente… Desde hacía años, él junto con Isabel, su esposa, que más tarde se convirtió en la popular y querida, para los ingleses, Reina Madre, habían hecho de su hogar un lugar entrañable y cálido, donde sus dos hijas Isabel y Margarita llevaban una vida “normal y corriente” junto sus padres. Nada hacía presagiar lo que se avecinaba, una abdicación y su ascenso repentino al trono. Posteriormente, la muerte del monarca (Jorge VI) en el año 1952 desembocó en la proclamación de su hija mayor como reina de Inglaterra, bajo el nombre de Isabel II. La sonrisa de Isabel Bowes-Lyon hasta su muerte en el año 2002 había sido permanente, incluso en los momentos más duros y complicados de la II Guerra Mundial, nunca se vio alterada. Siempre exquisita y delicada, comentan que demostró valentía en duras etapas bélicas y más tarde, ya anciana, se convirtió en la abuela de todos, la respetada mujer que nadie se atrevía a contradecir. Dicen que hasta Carlos de Inglaterra, su nieto favorito, le pedía consejo cuando se hallaba en horas bajas. Ahora, el filme “El discurso del rey” (dirigida por Tom Hooper) nos vuelve a recordar esta historia, sus dificultades, los inconvenientes, los entresijos, y aunque es probable que nunca sepamos toda la verdad o lo que nos hayan contado ni siquiera sea cierto, lo importante es que habla de una superación y metas que pueden alcanzarse, cumplirse cuando uno se lo propone. Jorge VI (interpretado magistralmente en la película por el versátil Colin Firth) lo decidió y poniendo todo su empeño, lo consiguió. Así que cualquiera puede lograr un sueño… ¿será el de Firth obtener un Óscar? quizás su deseo se cumpla, dicen los críticos que -al igual que Jorge VI- ha trabajado duro para ello.
Fátima Hernández Martín




