“Otros robinsones”

Publicado el 8 Abril 2010
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Viene a mi memoria, en este instante, una interesante conferencia a la que asistí hace ya algunos años, impartida por un colega, un científico riguroso, viajero incansable y apasionado del mundo. En dicha disertación hablaba de biodiversidad en el Archipiélago de Juan Fernández, un enclave atractivo, extraño, casi perdido, donde se encuentra la isla de Robinson Crusoe, pequeña, aislada, curiosa y empinada, difícil de acceder, muy fácil de querer y que olvidada de todos y todo se erige enhiesta y arrogante en las tranquilas aguas del Pacífico, a veces excitante, frente a las costas de Chile. Nos señalaban, en aquella ocasión, una serie de aventuras, expediciones y miradores donde historias contadas relataban los deseos de advertir veleros que mostraba un solitario y barbudo oteador marinero llamado Alexander Selkirk. También cumbres elevadas, cálidas ensenadas, fauna y flora encantada y no siempre nostalgia por las tierras lejanas. Se decía en la charla que improntas de antiguos embates de olas combativas, generadas por bruscos movimientos se marcan aún en las agrestes rocas de la capital, una zona recóndita y humilde cuyos habitantes se dedican, laboriosos, a cultivar crustáceos, viviendo así en su espacio de manera tranquila sin importar los días. Allí, comentan, otrora quiso un hombre desembarcarse en el curso de una travesía cansada y aburrida desde la fría Inglaterra. Era otra época…con rudos navegantes y rutas prolongadas plagadas de galernas y en días más calmados hasta batallas internas. En el lugar a él solo dejaron y, en ese rincón, el hombre se adaptó y muy atribulado, quizás arrepentido de haberse abandonado, comió lo que encontraba, luchó contra alimañas, de callos se cubrió y el pelo le creció. No morir se propuso, deseando un regreso triunfante a su patria olvidada, tan gélida y nublada que ya ni recordaba, hecho que sucedió algún tiempo después. Un escritor misterioso, curioso y achacoso, escuchó su relato en taberna y de noche; la historia con sigilo copió y una novela gestó, convirtiéndose en clásico de sueños juveniles y narraciones prácticamente inverosímiles. Ahora por actualidad retorna a nuestra mente la Isla, las noticias de semanas pasadas nos hacen visionarla y la sentimos cerca, sabemos con congoja que unas olas traidoras llegaron a deshora, sin esperar a que sus habitantes alcanzaran El Mirador, que el náufrago de otrora a diario visitaba para esperar ingleses, ya que buques españoles evitaba…El mar, su aliado, que les daba sustento, que estuvo siempre al lado y hace unas semanas, tozudo, enfadado, molesto y desalmado, de modo traicionero, desafiante y con formas altaneras, los cogió de sorpresa y algunos no pudieron escapar a su fuerza. Si hubieran avisado, sí se hubieran salvado. El mar era su amigo y, sin embargo, a unos sencillos y tranquilos robinsones quebró…los corazones.

Fátima Hernández

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