Laberinto de ediciones

Publicado el 25 May 2010
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Me hacen sentir mil experiencias, pavor, valor, amor, dolor. Sé dónde los puedo hallar, los lugares que los acogen son mágicos, los recorro con paciencia y deseo. Detecto si ha habido cariño cuando los han gestado, intuyo si son superficiales, si me interesarán o no podré soportarlos más de un minuto. Son mis amantes secretos, mis amores ocultos, mi pasión desmedida, mi cadena por vida. Cuando estoy triste me hacen reír; si no comprendo algo, me lo explican. Me aburro y me llevan a la Edad Media, al siglo XVIII. Me han presentado a María Antonieta. Me han perseguido hordas salvajes en Mongolia. He viajado en la caravana de los Hermanos Polo. He limpiado alambiques de oscuros laboratorios de alquimistas. Acompañé a Tiberio a su residencia de Capri, nadé con él en la Gruta Azul y horrorizada -ante lo que veía- marché hacia Hispania y luego a la Galia. Asistí como ayudante de campo de un mariscal francés en la época de Napoleón. Umberto Eco me orientó cómo callejear por Bolonia. Un príncipe polaco me llevó a Budapest y me hizo condesa. He huido de un Londres azotado por la peste. Pimpinela Escarlata me sacó de París, disfrazada de campesina, durante la Revolución Francesa. Navegué con Colón en el segundo de sus viajes, ocupando un camastro -abajo en las bodegas- y comí galletas añejas y carne seca. Huí por callejuelas tenebrosas de un Londres asediado por Jack el Destripador. Me aburrí en un harén de Estambul durante ocho años –antes de lanzarme al Bósforo- y, aunque el sultán nunca se fijó en mí, conocí el secreto de los baños aromáticos de esencias y las intrigas de eunucos. Peleé en la Guerra de las Dos Rosas y tuve que huir a los bosques. Habitaba cerca de Pompeya y Herculano durante la erupción del Vesubio. He cenado con Félix Yusupov –el asesino de Rasputín- en su mansión de París. Charlé en una tienda del desierto -en Palmira- con la reina Zenoiba. Compré unos manuscritos antiguos en el mercado de Alepo, allá en Siria. Pude salir de la Ciudad Prohibida, antes de que se enterara el último Emperador, Piu Yi. He olido las rosas de Isphahan. Nunca creí la historia de Anastasia. Conozco las costumbres de Navajos y Pies Negros y mi nombre Cheyenne es Pluma azul. Sherlock Holmes localizó el anillo de plata galesa, que perdí en los páramos de Escocia. Encontré en Alemania y devolví una pieza del Salón de Ámbar del Palacio Catalina, allá en San Petersburgo. Carter quiso que entrara con él en la tumba de Tutankamón. He recitado a Neruda, volado con la paloma de Alberti, y cuidado el olmo de Machado, también acaricié a Platero antes de que muriese. He comprobado que no haber leído hubiera sido derrochar varios tiempos, no vivir muchas vidas y evitar momentos maravillosos que –disfrutar- está al alcance de todos. Si alguna vez me pierdo, por favor no me busquen en las librerías, quiero quedarme allí… siempre.

Fátima Hernández

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