La perla de La Haya

Publicado el 29 July 2010
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Surgió de repente, como son los hechos que muchas veces alegran nuestra existencia. Durante una estancia en Holanda, coincidiendo con el aniversario de Rembrandt, y en el curso de una excursión a La Haya, me aconsejaron insistentemente que visitara el Museo Mauritshuis. El exquisito palacete se constituyó en Museo en el año 1821. Mauritshuis significa “casa de Mauricio” y así se siente una cuando se encuentra en su interior, como en un hogar confortable del que no apetece salir. Allí, se exponen algunas obras de un pintor magnífico y que a mí, como humilde admiradora de la pintura holandesa, siempre me ha apasionado: Johannes Vermeer. El artista nació en Delft, localidad donde se elabora una cerámica azul y delicada que recuerda el mar cercano y, otrora, en ocasiones despiadado con los lugareños, con los que mantiene aún pugnas constantes por el territorio. Me sorprendió que casi todo el museo gire en torno a una obra: Muchacha con turbante, también llamada La joven de la perla, del pintor antes mencionado y que es conocida como “Mona Lisa del norte. Llevaba prejuicios respecto a dicha obra, de hecho pensé que todo lo que se había organizado en torno a la misma: película, libro de éxito, me provocaría rechazo: soy atípica. Pero, cuando entré en el recinto y la encontré, se derrumbaron los condicionantes que llevaba acerca de ella. Sí, porque en la pared izquierda de una de las salas – de un intenso color verde como las hojas de los bucólicos jardines que bordean el recinto-, allí, destacaba un lienzo que representaba el rostro candoroso de una joven cuya única característica -fuera de lo común- era llevar una bellísima perla, que pendía del lóbulo de una de sus orejas, en concreto de la izquierda. Después de observar el lienzo un rato y cuando me disponía a salir, constaté que desprendía un magnetismo -tan extremo- que era difícil despedirse, marcharse. El rostro de la joven se hallaba girado de forma especial, insinuándose. Al darle la espalda, me seguía observando, desprendiendo una luz hipnótica y peculiar. Entonces comprendí que era la perla, de un oriente y color magistrales, la que centraba todo mi interés y entendí por qué es considerada una de las más interesantes obras del curioso pintor. Mientras abandonaba el lugar, La muchacha con turbante me confirmó que a veces arrastramos prejuicios sobre personas o asuntos de manera injusta, sin escuchar distintas versiones –puntos de vista- que nos permitan tener una idea más objetiva, más exacta de la verdad. Siempre pensé erróneamente que La joven de la perla no tendría interés para mí, sin percatarme de ello, sin haberla examinado con detenimiento. Por eso, al abandonar el palacete que acoge el entrañable y agradable Museo Mauritshuis, en una ciudad –La Haya– pulcra, cara, plena de legaciones extranjeras, con plétora de palacetes impolutos, refinada, acogedora, comercial y muy segura, recordé que muchas veces sólo conocemos una de las versiones sobre personas o temas, la que agrada escuchar o en otros casos –únicamente- interesa a una de las partes que se oiga.

Fátima Hernández

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