La obra de un genio…

Publicado el 26 June 2011
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Ella apareció llorando amargamente. Su cara de una hermosura –sin igual-, como una exquisita obra de arte minuciosa, había sido rasgada, desfigurada por un arma certera y demasiado portentosa. La sangre manaba a borbollones, como una fuente de agua rabiosa y furibunda que quisiera, desesperadamente, buscar el camino de la venganza. Ya en su casa, -muy callados- por temor, curaron sus heridas con ternura inusitada e intentaron consolar a la dama, que ya no volvió a ser igual, como había sido antes, alegre y expresiva, antes de la ofensa misógina y despreciable que había ejercido su amante. Ahora, no quería saber nada de él, ya no quiso volver a escuchar su nombre, un nombre que tanto anhelaba en sus tardes de espera, despertando su deseo en el tiempo que quedaba para su regreso. Él, hombre idolatrado por todos, admirado por el poder, apreciado, requerido, consultado y halagado con creces. De nuevo, intentó olvidar sus noches, sus días, aquellas horas en que le sonreía con pasión arrolladora, mientras contemplaba absorta cómo trabajaba reflejando en su cara el delirio de un genio sin igual.

Gian Lorenzo Bernini (diciembre de 1598), maestro del Barroco, máximo creador de la Contrarreforma. Recibió el más alto reconocimiento que un tiempo puede otorgar a un artista. Autor de obras maravillosas como el “Baldaquino de la Basílica de San Pedro”, entre otras muchas (esculturas de una exquisitez sin igual, Piazza Navona, Piazza de San Pedro o la bellísima iglesia de San Andrea al Quirinale), tuvo una personalidad compleja. Caprichoso, obsesivo, déspota, juerguista y extrovertido en exceso, mandó acuchillar el rostro de una amante –Constanza Buonarelli-, que le despechó. Más tarde se casó con otra dama y tuvo once hijos. Murió a los ochenta años en Roma, ciudad que le rindió una calurosa despedida. Fue enterrado con honores de príncipe en la iglesia de Santa María la Mayor. Artista universal, admirado por todos, su obra consagrada como de culto no tiene igual (la artística, claro). Nadie es perfecto, ni los genios del Barroco…

Fátima Hernández Martín

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