La fortaleza o los caprichos de un gobernante

Publicado el 1 Julio 2010
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Allá por el XVII, en región de pastizales y escasa de lodazales, un monarca muy ufano, se jactaba de mundano. En esa época, entonces, habitaba en la comarca una ambiciosa doncella, una mujer muy preciada ¡claro está! por su belleza afamada. La dama que les indico, en un alarde de ingenio, al ladino conquistó, al poder pronto accedió y a su corte de leales, una tarde en confidencia comentó que este hecho le gustó. Algunos meses después, sin tener ningún revés, para agradar a su amada, sugirió con complacencia que tuviera la ocurrencia de pedirle a su vuecelencia lo que quizás estimara, lo que ella deseara. Una fortaleza grande, quiero que a mí me construyas, que diga mucho de mí, que recuerden mis paisanos lo mucho que les he amado. La pondrás donde yo diga, la pondrás donde yo quiera, lo harás siempre a mi manera, es decir, entre el pueblo y tu heredad, le pidió con atención y aumentando su egoísmo señaló con desparpajo, ciertas dosis de cinismo y de errónea convicción: así la hermosa visión, que se extiende en la comarca y se pierde en la distancia, la tendría sólo yo. Al pueblo, noble y tranquilo, de intachables ideales, de valores innegables; centenario y combativo, esta nueva construcción de mal gusto pareció. Se llevaron un disgusto, comentaron el problema, plantearon el dilema, y se inició sublevación que la hueste del monarca con premura sofocó. Con el paso de los años y no sin gran contratiempo, no siempre a favor del viento, dicen los más avezados y de mentes reforzados, que el capricho se gestó, la maleza destruyó, el paisaje se ocultó, la fortaleza se alzó y el pueblo se conformó. Pasaron unos dos lustros y los buenos campesinos seguían siendo cansinos, estaban muy resignados, se encontraban agotados. Un día mientras cazaba, muy cerca en una lomada, el rey quedóse rendido a una pícara galana, una muchacha avispada, que en un arroyo cercano con agua se acicalaba. Al verla se entusiasmó y se dispuso a actuar, recuerden que era gallardo, recuerden que era bizarro, recuerden que era mundano, recuerden que era un villano y ante la dulce belleza, sin perder la compostura -babeando de ternura-, se impuso nueva conquista (eso saltaba a la vista). Admiróse, deleitóse, agitóse y al final, como era de esperar, pues de nuevo enamoróse. La otra dama al enterarse, venganza quiso labrarse y decidió abandonarlo, no sin antes atacarlo. Le dijo muy ofendida, le gritó muy ofuscada: no quiero la fortaleza, tiene pocas celosías, filtra luz al mediodía; tiene escasos ventanales y el sol no entra a raudales. Al rey mucho no importó, con boato despidió a su antigua enamorada en otro tiempo cercano tan altiva y estimada que en un instante olvidó, y a la nueva velozmente en su puesto situó. Y aquí se acaba la historia de este curioso capricho, de un monarca que no quiso atender a la razón. Como otros tantos relatos que nos divierten un rato, sólo escuchó al corazón, por la pasión se obcecó; la dama pronto marchóse, el bastión abandonóse, el rey de nuevo casóse, la maleza destruyóse y el pueblo ¡ay! como antaño, como ahora, como siempre, sí señores, como siempre, fastidióse.

Fátima Hernández Martín

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