La estela de Jonathan Swift

Publicado el 19 Abril 2010
Archivado en Fátima |

En la semipenumbra fría del regio y solemne recinto, casi a tientas y con intriga, los busqué. Intuía que estaban camuflados, que se hallaban mimetizados en el entorno sacro, huyendo con vehemencia del paso de la gente y de los salmos, intentando recobrar la intimidad que juntos habían disfrutado hacía ya cientos de años. Al final, pude ubicarlos con lentitud, despacio… Estaban a la derecha del altar mayor, ocultos, prisioneros entre baldosas, vejados cruelmente por la indiferencia de pasos de irreverentes, como mirando con insistencia hacia la cubierta alta y recargada, que impide ver el cielo, el mismo cielo que otrora soñaban observar siempre estrellado. Al lado de él, su compañera; la eterna, la constante, la inigualable. Tenía interés desde hacia tiempo en localizar, en la Catedral de San Patricio (Dublín) la tumba de Jonathan Swift, uno de los muchos escritores nacidos en Irlanda. De hecho, me llamó la atención cómo vivió el amor por una de sus discípulas y protegida, con la que compartió eternos inviernos en el Dublín frío y lluvioso, mecido por la constante brisa fresca del río Liffye. Dicen que nunca quiso casarse con ella. El misterio me llevó a averiguar el motivo de este comportamiento, extraño para los protocolos puritanos de la época. Según opinan los cronistas, el autor de Los viajes de Gulliver sufría insoportables dolores de cabeza por problemas de equilibrio que le impedían disfrutar de calidad de vida. Su malestar le llevó a tomar la determinación de no desposar a nadie a quien pudiera después hacer sufrir con su dolencia. Pero esta decisión no le impidió mantener viva una relación intensa con una misteriosa mujer de la que dicen siempre estuvo prendado, convirtiéndose en su mentor, mecenas y… como pude comprobar, compañero más allá de la frontera de la vida. El genial Swift descansa en la catedral de la que fue deán, junto a su amada Stella (nombre ficticio) que le acompaña de forma casi imbricada. En su epitafio, que te llega a emocionar y que según relatan fue redactado por él mismo, reza en latín: “aquí yace el cuerpo de Jonathan Swift, deán de esta catedral, en un lugar en que la ardiente indignación no puede ya lacerar su corazón. Ve, viajero e intenta imitar a un hombre que fue irreductible defensor de la libertad”. Miré a Stella, a su lado, hasta en la eternidad. Permanecí quieta, observando extasiada el ejemplo que algunos ilustres escritores, como Jonathan Swift, siguen dando desde el sueño de la gloria, usando cualquier recurso, a veces incluso los más humildes espacios o acabados, aquellos que resultan inapreciables o escondidos para algunos, y quizás donde otros aprendemos en una visita inesperada, hermosas lecciones de vida cotidiana.

Fátima H.

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