La escalera de la heredera

Publicado el 2 March 2011
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Si hay una película con la que identifico a la actriz Olivia de Havilland, no es precisamente la extraordinaria cinta “Lo que el viento se llevó” donde interpreta a la dulce y bondadosa Melania Hamilton, no, curiosamente se trata de un filme titulado “La heredera” (1949, W. Wyler), basado en la novela de H. James, en el que interpreta a Catherine, una mujer soltera y tímida, algo mayor y muy poco agraciada físicamente -el maquillaje y la caracterización son magistrales y nos hacen olvidar la bella actriz que todos conocemos-. Heredera de una fortuna importante, vive con la única compañía de su padre que le dirige -de forma cruel y despótica- su vida, apartando cualquier atisbo de pretendiente que surja en su entorno por temor a que sea un cazafortunas. Cuando aparece en su camino -durante un baile de sociedad- un joven (ambicioso), interpretado por un atractivo Montgomery Clift, al que sólo le interesa su herencia, ella se ilusiona de nuevo, enamorándose y planeando incluso la fuga con dicho joven. Pero él no acude a la cita en la que ambos pensaban marcharse “desheredados”, y la desazón y el desconcierto llenan su corazón, volviendo bruscamente a la situación hermética y cerrada en la que se encontraba antes de conocer al joven. Cuando él retorna, suplicando su perdón, ella -humillada y herida- se niega a abrirle la puerta, dando lugar a la extraordinaria escena en la que Catherine sube las escaleras a la luz de una lámpara, despacio, enhiesta, digna, indiferente a la llamada de él, que aporrea -desesperado y suplicante en medio de la lluvia- el portal de la mansión. En esta película la genial actriz nos brinda una serie de registros interpretativos, mostrándonos distintas etapas que van desde la humildad y la dulzura inicial, a la ilusión y la ternura del amor, para terminar con la amargura, la crueldad y el orgullo ante la humillación sufrida. “La heredera” nos recuerda, quizás, la necesidad de perdonar los errores de los demás, de evitar que nos invada la intransigencia, que no conducen a hacernos más felices sino, al contrario, a atormentarnos y agriar nuestro modo de ser y ver el mundo. La escalera que va subiendo Catherine es -en realidad- un camino hacia la derrota, el abandono y a no reconocer la capacidad de equivocarnos, guardando las formas en lugar de perdonar las debilidades humanas, que conducen a la felicidad, aunque sea durante un tiempo fugaz, muy corto, lo que tardamos en subir cada uno de los peldaños de nuestra vida, hasta que la luz de la lámpara se apaga, sin que nos tenga que importar haber llegado arriba sin haber tropezado…

Fátima Hernández Martín

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