Hubo un tiempo…

Publicado el 12 October 2011
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Hubo un tiempo en que todo parecía distinto, detallista, pausado…diferentes las flores, las calles, más vetustas; tranquilas alamedas, los prados, las veredas. Incluso los amores, quizás apasionados, tal vez ensimismados, no sesgaban de cuajo vibrantes ilusiones, provocaban temblores, no había sinrazones. Era un tiempo estancado, casi arremolinado –mimoso- en un instante, intenso al percibirlo, constante al disfrutarlo, muy dulce en las distancias, muy tierno en las palabras, inhalado en esencia por muchos paseantes, anclado en la paciencia de algunos caminantes. No, no estuvo nunca herido, ni siquiera alterado, nunca estuvo maltrecho, tampoco desahuciado, no se encontraba inerte… ni apesadumbrado. Ese tiempo, muy lento, un buen día aún calmo, sin motivo aparente, dejó de deleitarnos, frenó súbito en seco, se paró de repente y de estar sosegado, tranquilo, relajado… comenzó a apresurarnos, a llenarnos de prisas, a robarnos la risa, a romper, desgarrarnos, a mostrarnos malvados, perversos, desalmados, tristes y malpensados. Ya no importaba el ritmo, más presto o avanzado. Y entonces, sin saberlo, sin apenas notarlo, ya no fuimos ufanos, mostrábamos semblantes altivos, enfadados; crispados, enojados, molestos, malhumorados; las facies iracundas, los rostros muy tensados, las manos en la lucha, los ojos desviados, las cejas muy altivas, la boca con un rictus, las mentes casi en blanco, el corazón inquieto, el alma sin amparo. Y no importó la luna, luceros, los encantos, estrellas, firmamentos, perfumes o los nardos. No anhelábamos brillos, ignorábamos cuentos, relatos, poemarios. No interesaba el cielo, los campos o los prados, las flores, las esencias, historias o los llantos. Solo andar muy deprisa, corriendo, jadeando, vehemente en el instinto, insistentes los rasgos, deseos y desánimos se hallaban imbricados, ya no se distinguían sollozos de los cantos. Veíamos monedas donde había ganado; donde estaban las flores, intensos alumbrados; donde había suspiros, muchos gritos y enfados; donde el mar nos bañaba y siempre deleitaba, aguas casi negruzcas y muy contaminadas; donde había ternura cargada de alabanzas, agravios ofensivos y venganzas muy planeadas; donde había paciencia, desazón y desgana.

Hubo un tiempo en que todo parecía distinto… diferentes las flores, las calles más arcaicas, alamedas tranquilas, las cosechas, los prados, los campos más sembrados. Pero el tiempo… dijeron, lo marcaban los hombres. Lo hicieron a conciencia. Y prefirieron hacerlo, a su modo, marchando, yendo sin ilusiones, sin veredas ni atajos, más rápido, deprisa, más presto, agotando, sin descanso, sin tregua, llegando y no encontrando…

Fátima Hernández Martín

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