Entre dos Venecias, con Aznavour

Publicado el 27 April 2010
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Todavía recuerdo la primera impresión al entrar en Venecia, aferrada a la barandilla del vaporetto que me trasladaba a través del majestuoso Gran Canal, abriéndose ante mis ojos la fascinación de una ciudad inigualable. Nunca pensé que hubiera una urbe tan hermosa. Era como ir atravesando una galería intemporal de historia, leyendas, puentes tallados por querubines, canales, palacios, mansiones, teatros, iglesias y góndolas, a través de un brazo de sueños que se introducía desde el mar, envolviendo las islas de La Laguna, en humedad, neblina y mascaradas, como el Carnaval adusto, barroco, elegante, parsimonioso y serio, sacado de un cuadro de Canaletto. Las calles recoletas y laberínticas invadidas por tiendas de techos bajizos, embutidas en el entorno mágico de una encrucijada de pasado y presente, te atraen insinuantes haciéndote caer rendida en sus redes de objetos decorativos, como los adornos de un teatro de comedia, pletórico de pequeños detalles. Toda Venecia es una melodía, como la cantada por el maestro Aznavour, que tantas veces la glosó y entonó con matiz sentimental y nostálgico. El padre de la chanson française es hombre de biografía con datos de interés: recordemos que su abuelo fue cocinero del zar Nicolás II, en un tiempo y contexto en que San Petersburgo era una ciudad que nada tenía que envidiar al París de entonces, y donde la avenida Nevsky concentraba todo el atractivo en los días eternos de las noches blancas. Cruces de calles y rincones también con canales custodiados por palacios y mansiones imponentes –con reflejos de oro, malaquita y lapislázuli- vigilados por el río Neva, hicieron que esa ciudad fuera llamada la Venecia del Norte. El padre de Aznavour nació en Georgia y su madre en Armenia. Afortunadamente lograron huir de los genocidios de principios del siglo XX y, una vez establecidos en París, abrieron un restaurante de cocina tradicional, que se constituyó en centro de reunión para los exiliados que llegaban de todas partes. De la Venecia del Norte a la Venecia del Sur, desde San Petersburgo donde su abuelo cocinaba exquisiteces para la corte imperial de Nicolás y Alejandra –los últimos zares- hasta el rincón más recóndito de una ciudad, húmeda y eterna, que incita al amor. Ese es el recorrido del corazón de un hombre que ha cantado a la pasión y respetó sus orígenes, casi de novela. Premiado por su labor humanitaria, me resisto a creer que es verdad que ya no esté en los escenarios. Quizás, si vuelvo a recorrer los canales de Venecia –que tanto me fascina- exclamaré, no, no, mejor entonaré cuando pasee cerca del Puente de los Suspiros… ¡qué distinta Venecia, si me falta usted!

Fátima H.

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