El imperio de Nerón, un instante para fabular

Publicado el 23 May 2010
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Llegó para unos días y lleva doce años en casa. Al principio se mostraba altivo, indiferente, hosco, arisco, ceñudo y patán, ni siquiera quería escuchar. Pero con el tiempo fue comprendiendo que se le quería, que era uno más de los nuestros, que no era un tormento. Y aunque quiso imponer su criterio firme, autoritario y decidido, fue dándose cuenta gracias a una dosis alta de paciencia, que no éramos hostiles sino gentiles, no éramos adversarios sino hospitalarios y cambió de estrategia e inició una “guerra inteligente”. Porque, al cabo de los días, la situación giró inesperadamente e intuí que la que mandaba no era yo, no, no era yo. Él ni se alteraba, pero gobernaba y yo, sumisa y abnegada, dejaba que hiciera sin oponerme a nada. Cada mañana, antes de marcharme al trabajo, sigiloso me estaba esperando y para despedirse lo hacía silbando. Cuando regreso a casa, antes del almuerzo, se pone distante y al instante se deja dormir, no quiere hablar, no quiere mirar. Yo, resignada, le dejo hacer y casi sin saber, casi sin querer, comencé a entender. ¿Saben una cosa? nunca le he escuchado frase malsonante (no le dejaría, le regañaría) y aunque es arrogante y muy exigente, es tan diligente y tan complaciente que hago todo oídos e intento escucharle las miles de historias que quiere contarme. No hay más que cantarle, para conquistarle. No hay más que obsequiarle, para engatusarle. A él no se lo digo, porque es presumido, porque es engreído, pero estoy segura, él casi lo jura, que es todo ternura. Me tiene cautiva, me tiene rendida, es toda mi vida. Lo quiero yo tanto, que siento hasta espanto, percibo dolor, si me abandonara y a mí me dejara, todo se acababa. Esto ni lo dudo, me pongo a pensar, si yo hace años ¡por este inmaduro, no daba ni un duro! Me dice “te quiero”, me llama “mi amor”, me pide “un beso ¿me das por favor?” Eso sí, señores, es muy educado, es muy exquisito, es todo un encanto, es mi cariñito. Le gusta comer, ver televisión, le agrada cantar, le chifla silbar, no para de hablar y si le enseñara y me lo propongo, aunque con torpeza, con muchos problemas, sabría bailar. Cómo le queremos, cómo le admiramos, cómo me obedece ¡todos le mimamos! Cuando yo me enfado y no le hago caso, se pone muy triste, se pone apenado y al cabo de horas, sumiso y tranquilo, acaba a mi lado. Me hace mil caricias que son mil delicias, y con su ternura y con su constancia le perdono siempre y sin arrogancia, de forma pausada, también sosegada, con cabeza baja regresa a mi estancia. Si estoy a desgana, le vuelvo la espalda y me alejo con calma. Entonces me llama, repite mi nombre, me giro y exclamo: ¡cómo es este hombre! Lo estoy viendo: campechano, travieso, elegante, de mirada sensual y aspecto rufián, es todo un galán. Él sí destacaba, él sí deslumbraba; él es muy hermoso, él es primoroso; es muy candoroso, es esplendoroso, es una rareza, es una belleza. El centro de todo, la envidia de todas, el más exitoso, el más talentoso, el más portentoso, él, mi pequeño loro Nerón y mi casa es todo su imperio.

Epílogo.- Con esto constato que todo en la vida se acaba aprendiendo, que uno no nace de todo sabiendo y que con los loros, al igual que ocurre con seres humanos, con mucho cariño, dosis de paciencia, palabras muy dulces y miradas tiernas, todos, todos, sí señores, podemos hacer brillar la luz….en la tinieblas.

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