El destino de la Sirena

Publicado el 3 August 2010
Archivado en Fátima | 1 comentario

Me decepcionó, por estar acostumbrada al coloso de mi tierra. Lo esperaba más amenazante y aterrador. Al irme acercando y comenzar a visualizarlo, entre la bruma matutina de un estío sofocante, perdió en gran medida el enigma que todo volcán manifiesta. Cerca, pude escuchar los gritos de la gente huyendo, cayendo unos sobre otros, empujándose, asfixiándose, hiriéndose, junto a los rugidos del gigante aquel mediodía terrible de un agosto del año 79 a de C., cuando se despertó con bostezos del sueño tranquilo en que estaba sumido. En Pompeya recorrí las calzadas, los restos de las villas, el Foro otrora majestuoso y ahora callado, sí, antes bullicioso, cuando estaba pleno de sonidos y algarabía, de mujeres, de hombres, de patricios, de esclavos. La villa dolorida conserva aún la atmósfera que tenía cuando el monstruo vomitó de sus entrañas, cenizas, fuego, lava y terror, provocando una hecatombe mortífera, que cogió desprevenidos a todos los que vivían ajenos al peligro, que acechaba desde lo alto. Percibo el frescor del interior de algunas de las ruinas visitadas, la extraña sensación en la Villa de los Misterios con frescos de dibujos difícilmente interpretables, y no lejos de los lupanares que formaban parte de la vida disoluta de pompeyanos y también de sus vecinos, los habitantes de Herculano. Me alejo de Pompeya, con el desasosiego impregnando mi cuerpo, y pongo rumbo hacia Nápoles, la ciudad glosada por Virgilio. La bellísima plaza Bellini me succiona hacia callejuelas con pequeñas iglesias y me siento envuelta en melodías nostálgicas napolitanas cantadas por amantes desdeñados, mientras jovenzuelos imberbes intentan vender, al acecho de los carabineros, excelentes falsificaciones de marcas conocidas. El transbordador pone rumbo a Capri, la isla donde emperadores como Tiberio, el déspota, degenerado y cruel, tenía una villa antaño -en su cima- dominando el territorio. Capri invita a soñar, a recordar los años de mediados del siglo XX cuando era cita obligada de escritores y estrellas de cine que hacían del enclave, el lugar donde refugiarse, a sabiendas que allí los encontrarían. Los Farallones enhiestos emergen – a lo lejos- de unas aguas transparentes, como colosos custodios del encanto de la costa Amalfitana. Anochece, la luz del Mediterráneo, suave y acogedora invita a soñar, a cenar bajo los árboles, a perder la mirada más allá de la silueta costera e iluminada. A lo lejos, los pueblos de Positano y Amalfi intentan encaramarse en los agrestes acantilados, como queriendo adherirse con locura, a una tierra que compite con el mar azul y calmo, por atraer el amor hacia un paisaje que, dicen los poetas, es uno de las más románticos del Planeta, tanto que en sus orillas quiso morir Parthenope, la bellísima sirena despechada por Ulises.

Fátima Hernández

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Comentarios

Una respuesta para “El destino de la Sirena”

  1. Rafael on August 30th, 2010 16:11

    Enhorabuena por el blog,Saludos

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