“El deseo de Napoleón”

Publicado el 30 July 2010
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Mientras recorría la impoluta calle, imaginé cómo sería el lugar por donde ellos habían paseado cientos de años atrás. Pensé de manera especial en ella, en su ilusión, en su desencanto, en su ambición, que a veces confunde con amor. Dicen que él enloquecía cuando la mencionaban, que después de los rigores de las batallas, de las cabalgadas junto a sus jinetes polacos, de las estancias prolongadas en extensos campos de cereales; de las discusiones con sus ayudantes de campo, de las notificaciones de intendencia; después de algo, de todo, deseaba tenerla cerca, percibir su olor embriagador, saciarse con ella. No supe de su existencia hasta que llevé a cabo un viaje a Polonia hace no demasiado tiempo. Allí la nombraban, decían lo exquisita que era, lo delicada y fragante que resultaba. En los jardines recoletos de la casa de Chopin, mientras escuchaba una composición nostálgica muy conocida, que interpretaba una indiferente y apática concertista, volví a pensar cómo sería su aparición en la vida de ese hombre tan singular. Napoleón, el odiado y apreciado; alabado y denostado; elogiado y criticado; cruel y benévolo; amante y desdeñoso; déspota y humilde; valiente y cobarde; pero siempre estratega, militar y ambicioso, instaló un tiempo su corte en aquella región, formando y dotando sus ejércitos. Dicen que para sentirse como en casa, para inspirar las fragancias de los campos de Normandía y Bretaña, para escuchar el sonido susurrante de su lengua, para oír las campanadas de las enigmáticas catedrales de Chartres o Reims; llevó costumbres liberales de la Francia Imperial, Pero, con él también viajaron unos hombres importantes: sus maestros reposteros, sí, porque un lugar especial en su vida cotidiana lo ocupaban los dulces, a los que era tan aficionado. Pasteles de crema batida, la tarta de manzana –szarlotka-; las tartaletas con crema y fruta; pero sobre todo su preferida “el mil hojas o napoleonka” que le quitaba el sentido y sus ayudantes se apresuraban a localizar o preparar sin dilación ante su requerimiento. Busqué las napoleonkas desesperadamente, como entusiasta que soy también del tema, son las estrellas de las pastelerías, exquisitas y tranquilas, que llenan sus calles principales. Saboreando despacio una de ellas –suculenta, caliente, crujiente-, imitando quizás el sosiego que Napoleón ponía al degustarlas, me acordé de la polaca que le enamoró transitoriamente. En Varsovia, relatan que se prendó intensamente de María Walewska, una mujer de la que decían era el rostro más hermoso de las orillas del Vístula, el río caudaloso y empecinado que a veces desborda su furia contenida, por llevar años observando tanto y tan continuo sufrimiento. Hablaban de ella como una belleza nívea, apenas rozada por los rayos de un tibio sol eslavo que, al contrario que dañar, sólo pretendía acariciarla. Degustando mi napoleonka, recién horneada, me acordé de la pareja y la imaginé a solas, haciendo planes truncados, forjando sueños inconexos, hablando de futuro sin empeño y mientras el hojaldre se deshacía en mi boca, comprendí dónde el emperador situó siempre su anhelo, quizás lo único que en su vida parece que buscó con verdadero y auténtico…deseo.

Fátima Hernández

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