Dulce páprika

Publicado el 15 Julio 2010
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El ambiente era bullicioso y alegre. Callejear, inmiscuirte en rincones, inhalar sus viandas, así en gran medida es el mercado central de la ciudad de Budapest, donde dicen los poetas, el Danubio es aún, si cabe, más azul. No pude abandonar el recinto sin adquirir alguna de las herméticas cajas que contenían el polvo delirante, aromático y colorista de la páprika, fruto del pimiento rojo desecado y reducido a polvo y que en Hungría -dicen los expertos- tiene el mejor sabor del mundo. Con mis curiosos tarros de páprika en la mano abandoné el lugar creyéndome una cíngara, sí, porque allí en Budapest, una se puede sentir en algún momento, princesa cíngara. El mercadillo magiar al aire libre no se halla lejos, allí los descendientes de los nómadas, que hablaban de amores nostálgicos con sonidos tristes acompañados de violines, ofertan sus variadas mercancías, las mismas que han trabajado con sus manos rudas en las noches frías del invierno centroeuropeo. Me habían hablado de Budapest, pero cuando recorrí sus rincones, callejeé por sus esquinas atiborradas de añejos anticuarios, subí al Barrio de los pescadores, compré ungüentos de girasol para el cutis, visité los baños del hotel Géllert con exóticas reminiscencias otomanas, observé exquisitos iconos ortodoxos en viejas tiendas de artesanos tranquilos; atravesé sus majestuosos puentes, sólo entonces, comprendí que yo también había caído rendida a su embrujo, y a partir de ese momento no he podido olvidarla. Pasear por Budapest es encontrar estatuas dedicadas a una reina-emperatriz que gustaba de alejarse de la rígida corte austriaca y contemplar el Danubio desde los ventanales de su palacio que, allá en lo alto desde una suave colina, actúa como un vigía en su puente de mando, dominando el paisaje. En la ciudad es palpable la huella de la propia Isabel, la misma que en la llanura cubierta de girasoles, galopaba con vehemencia enamorándose en cada trayecto un poco más del hermoso paisaje magiar. La Isabel que dicen no fue feliz, que escapaba de la fría y gris Viena que la ahogaba hasta distintos lugares del mundo (Madeira, España, Italia, Grecia…) buscando sol, aire o aventuras, la que cada vez que inhalaba la páprika olorosa y de rojo intenso, añoraba un país del que se sabía muy amada. Al trote por las extensas planicies era un poco más alegre, sobre todo si estaba en compañía de sus cíngaros, con sus canciones y sus violines, un pueblo de pasión que en definitiva -al igual que ella- sólo quería ser libre.

Fátima Hernández

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