Cambridge, un lugar para volver
Publicado el 26 Abril 2010
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Al atravesar el pequeño puente a la salida de Cambridge se quiere volver, dar marcha atrás y perdernos de nuevo por las calles añejas, que rezuman agua por sus grietas embebidas en musgos, por los entresijos de la piedra dura, la que trasladaban los maestros canteros hasta las zonas donde se elaboraban los diseños ancestrales de castillos, mansiones y catedrales. Si se ha llegado en tren y atravesamos el andén, te incorporas a las descripciones de autores de novelas inglesas, crees estar en el mismo entorno de la campiña de principios o mediados del siglo XX. Recorrer sosegadamente en una barcaza casi etérea el apacible río Cam, descansar tumbada en la hierba al abrigo de una arboleda que se mece con rítmica brisa recorriendo las orillas; o tomar un ligero sándwich mientras el aire fresco te golpea la cara obligando a escudarte en un ropaje más cálido de lo habitual, es placer. La ciudad, con plétora de tiendas donde admiramos desde una cajita de plata labrada –procedente de una mina de la cercana Gales, allá en lontananza- hasta una pipa tallada, parece inalterada. Hay algo que te hace sentir placidez en Cambridge y te adentra en vetustas bibliotecas, con techumbres plagadas de artesonados y vidriosos ventanales, que acogen a estudiosos de distintos campos del conocimiento. También te recreas en museos, ojeas en comercios o visitas librerías, con cristales a prueba de lluvia casi permanente. En ellas ofertan novedades junto a viejas ediciones a unos precios, a veces tan asequibles, que el visitante no puede resistirse a adquirir obras completas de Shakespeare, Collins, Dickens o Chesterton por una minucia o delicados tratados sobre Arte de maestros paisajistas como Turner o Constable. Por eso, retrocedes y desde la campiña vuelves a introducirte en la urbe y no te provoca rechazo, sigue fiel al espíritu que desde su fundación la domina, el mismo que ha hecho de ella un enclave donde emociona regresar. La luz en horas vespertinas anuncia que las tabernas están prontas para llenarse con los que han resistido los embates del día. Mientras, los estudiantes retornan a sus aposentos, aunque antes se reúnen, charlan, bromean; comparten aficiones, confidencias… Nada ha cambiado, todo está igual que en el Cambridge del siglo pasado, del anterior, del precedente, esa huella no se ha alterado, son los mismos edificios, idénticos claustros, similares bibliotecas silenciosas y acogedoras; colegios mayores, iglesias, abadías, las eternas piedras, la piedra. Y el frío no importa, la niebla no oculta, la lluvia no incomoda, la humedad no aturde, porque algo permanece, algo, el respeto por el patrimonio, las tradiciones, las costumbres, las formas y, especialmente, el afán por saber que en Cambridge sí ocupa lugar, pero es un lugar tranquilo, antiguo, elegante, en definitiva, un lugar… para prendarse.
Fátima H.
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