Burton y Liz en Canarias

Publicado el 21 September 2010
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De todos los lugares de los que estoy enamorada, hay uno que me conmueve cada vez que me acerco a hacerle una visita. Hablo del Valle de La Orotava (Tenerife, Canarias). Cuando me aproximo a la curva de la vía del norte, que regala generosa una imagen majestuosa de ese entorno, hay algo en mí que reacciona como si fuera la primera vez que lo visiono. Tanto si el día amanece soleado, como si está siendo azotado por el peor de los temporales del noroeste que, de vez en cuando, lo castiga con vehemencia, es capaz de rezumar tal belleza que puedo entender el magnetismo que causa en mi persona. Y recorro las calles de la Villa –antigua, silenciosa, húmeda, solemne y protocolaria-, bajo al Puerto, callejeo por sus rincones con sabor a marineros, flores, calados y poderío. Pienso con arrobo que esta estampa tuvo que haberla observado, de otra manera, el capitán Sir Richard Burton cuando en ruta hacia la antigua colonia de Fernando Poo, donde acababa de ser nombrado cónsul, hizo escala en estos parajes. Recorrió la Isla, primero solo (1861) y luego, en otro viaje posterior (1863), acompañado por su esposa Isabel Burton. Siento fascinación por este personaje y nunca me sacio de leer sobre él e insistir en su  vida, tan plena de datos.  Cuando intrigada empecé a revolver en su biografía, me dí cuenta de lo interesante y enriquecedor que podía ser para mi propia existencia. Aventurero, explorador, traductor, espía, escritor, políglota, militar, diplomático, antropólogo y valiente, podría seguir y no acabaríamos. De la Inglaterra victoriana a La India en aquella época destino obligado de jóvenes de familia acomodada, si bien en su caso viajó hasta allí, al haber sido expulsado de la Universidad de Oxford; su misión en Etiopía –donde visitó y describió la enigmática y sagrada ciudad de Harar-; su periplo en Arabia –donde entró en La Meca con gran riesgo para su vida-; su osadía en Somalia –donde lo hirieron de gravedad en combate contra tribus hostiles mientras buscaba territorios ignotos- hasta los magistrales episodios épicos a la búsqueda de las fuentes del Nilo en las legendarias Montañas de la luna. De esta primera etapa enloquecedora a una segunda, algo más “pausada”, de escritor o traductor al inglés de textos como las Mil y una noches, el Jardín perfumado o el Anaga Ranga –que dejó perplejos, ruborizados y enfadados a los puritanos de su tiempo- hasta su fase de diplomático con destinos consulares en Fernando Poo o Damasco y visitas esporádicas a Estados Unidos o Brasil. Su esposa –la peculiar Isabel Burton– jugó un papel decisivo, puesto de manifiesto en los últimos años. Cuando el matrimonio Burton visitó Canarias –en ruta hacia Guinea- se quedó maravillado del paisaje y de su gente. Por eso, cada vez que estoy en La Orotava, me acuerdo de Burton, de Isabel y de las fragancias que emanarían los senderos, repletos de flores, que recorrerían delicadamente cogidos del brazo, mientras preparaban su ida hacia regiones más tropicales, donde esperaban trabajo, calor y hazañas. Burton, el amante de la vida, de las culturas, pero también el hombre que sufrió el olvido de un país para el que vivió, casi en exclusiva, con coraje y valor –aún imagino a la esposa suplicando, a su muerte, que lo enterraron con honor en Westminster y cómo denegaron injustamente su petición-, así como la deslealtad de aquellos a los que él consideraba amigos. Sin embargo, aquí todo es distinto y si Burton regresara, ahora, volvería a enamorarse de los lugares isleños, de su gente noble, leal y tranquila, de los paseos calmados por sus calles sinuosas, de los embates bravíos de sus olas atlánticas, del tibio sol que acaricia las brisas y el aventurero -atrevido y heroico- estoy casi segura que pediría a su eterna compañera quedarse para siempre, sí, para siempre en esta hermosa, mi hermosa tierra.

Fátima Hernández

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