Atticus egregius

Publicado el 26 August 2010
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Sí, egregio y bondadoso, así es el personaje principal de la última película que he visto, ya no sé el número de veces. No es mi preferida, pero es tan aleccionadora que disfrutarla una vez más ha sido un placer. La conocerán, es un clásico del cine de siempre. Me refiero a la ejemplarizante Matar a un ruiseñor, que narra la historia de un abogado sensible, viudo y con dos hijos, que lucha en un pequeño pueblo de Alabama –en la época de la Gran Depresión, años treinta- por defender, en contra de todos, a un hombre de color, acusado sin pruebas firmes de ultrajar a una joven blanca. No quiero hacer crítica de cine, yo no soy experta, para eso está amipeliculas, sólo comentarles lo que me hace pensar acerca de los valores plasmados –de forma magistral- por Atticus Finch (interpretado por un insuperable Gregory Peck), y que están a veces ausentes en lo cotidiano. El contacto del protagonista con sus hijos a los que va formando e informando para la vida y lo que ocurre en el devenir del pueblo –clasista, xenófobo, hermético e inflexible- la hace aleccionadora para todos. Pero lo más destacable es, sin duda, el protagonista, que llega a soportar estoicamente el desprecio de casi todo un pueblo que no acepta su carácter decidido y firme, defendiendo a alguien al que consideran culpable, sin pruebas y de forma obcecada. La cinta nos demuestra lo complejo que era en esa época nadar contracorriente, al igual que hoy en día, donde muchas veces aceptamos –acatamos- ondas de calumnias y prepotencia, convertidas en axiomas a creer y modelos de actuación a imitar. Nadie puede quedar indiferente después de ver Matar a un ruiseñor, porque nadie puede ser ajeno a la verdad, a los valores morales, al respeto por la bonhomía, al horror de prejuzgar lo dicho por otros sin ni siquiera constatarlo y sobre todo porque el filme es un reflejo de la vida misma, de la gente corriente –con sus maldades y sus bondades-, y de la cruel realidad que se vive en algunos lugares de la llamada civilización, donde la verdad de uno puede estar camuflada, a propósito, en la mentira de todos. ¿Saben señores? Hace años yo tuve un ruiseñor, lo llamé Atticus en homenaje al personaje de esta película. Me –advirtieron- que eran difíciles de tratar, laboriosos de cuidar, complejos de entender, que se mostraría inquieto, revoltoso, caprichoso y yo lo creí firmemente. Con el tiempo, al ir conociéndolo, entendí que se sentía feliz en su rincón, que era tranquilo y sosegado. Cuando lo sacaba al sol, apenas se movía y me correspondía brindándome sus cantos armoniosos, mostrándose airoso, incluso se dormía mirando y disfrutando las flores que veía. No era cierto lo dicho, lo comprobé tardíamente, antes de perderlo –viejecito- una mañana gélida de invierno cuando, percibiendo un revuelo y extrañada al no oír sus canturreos, comprobé con pesar mío lo bueno que había sido. A punto de decírselo con voz susurrante y gesto suavecito como a él le gustaba, se murió tristemente, despacito, mirándome a la cara agradecido por cómo había vivido, sin ni siquiera un solo instante molestarme. Señores, no dañemos ruiseñores, al menos escuchemos previamente sus canciones. No intentemos acallarlas, sin apenas disfrutarlas. No es cierto lo que dicen de ellos, y si quieren constatarlo con certeza, llévenlos a la terraza de su casa y comprobarán que sus voces no amenazan.Al contrario, deducirán con toda convicción, como un día muy lejano hice yo: ¡pero si resulta que es melaza su canción!

Fátima Hernández
(dedicado a todos aquellos incapaces de Matar a un ruiseñor)

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