Amanda amarga

Publicado el 7 Septiembre 2010
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Vivía sola con un perro renco, un gato bisojo y los gorriones que, cada mañana, la acompañaban en su tarea de reformar todo aquello que otros no querían. Los alimentaba con tal mimo que los pájaros se resistían a volar desde sus hombros, donde solían acurrucarse agradecidos. Amanda era feliz a su manera. Cada día se levantaba y recorría los diez kilómetros que la separaban del centro de la ciudad. Allí, entre miríficos escaparates, tiendas lujosas que ofrecían todo tipo de viandas, cines, teatros o librerías, iba recogiendo del interior de contenedores los objetos que habían tirado a la basura. Luego dedicaba toda la tarde al arreglo de aquellos aparatos a los que nadie daba importancia. Lo hacía en compañía de sus animales, que la divertían y mitigaban su soledad, haciéndole piruetas divertidas. Algunos trabajos lograba venderlos y con lo que le daban y algún que otro extra sobrevivía. A veces recordaba, nostálgica, su etapa más feliz, cuando formaba parte de una familia unida y de prestigio en sociedad, vivía en una mansión en el centro, iba al mejor colegio privado, tenía amigas, viajaba por Europa, compraba ropa cara e incluso hacía planes de futuro con un joven de la calle de enfrente, que luego, después de lo ocurrido, no quiso volver a verla. Sí, porque a ella algo terrible le había ocurrido y no podía evitar que le atrapase la mente y estuviera a punto de enajenarla. La quiebra económica hizo un día mella en la casa, de la noche a la mañana se acabaron los lujos, los amigos, las fiestas, los viajes rápidos, las compras, había que venderlo todo. Su padre desesperado emigró, en América hizo otra nueva familia y no quiso saber de ella. Su madre –trastornada- perdió poco a poco la razón y un día de tormenta se dejó morir en la calle.

Amanda sin nada, sin nadie, no supo que hacer. La internaron varias veces en un lugar inhóspito en el que se resistía a vivir. Era una mujer habilidosa y con sus manos, antes delicadas y finas, era capaz de trasformar algo inservible en un objeto preciado. No conseguía mucho, pero al menos compraba lo básico y pagaba el alquiler de una ruinosa habitación, situada en un edificio lúgubre en las afueras. Y aunque procuraba no hacer ruido, no podía evitar los golpes que atizaba para enderezar una abolladura o lijar manchas de herrumbre hasta altas horas de la noche, y que sus vecinos recibían de mala gana la mayoría de las veces. Ya no era como antaño, apenas podía acicalarse como solía hacer, y su aspecto era tan deplorable que evitaba mirarse en los escaparates. Levantaba suspicacias de algunas personas –en especial de aquellas a las que su padre había apoyado y situado en excelentes puestos de trabajo-. Esos mismos -ahora- no querían tenerla cerca, la evitaban. Una tarde encontró a un hombre tendido en el suelo, lo tocó y al comprobar que no respiraba, comenzó a dar gritos desesperada. Y sin darse cuenta, se encontró prisionera y señalada. ¡Quería robarle! ¡Asesina! ¡No merece vivir!.Los gritos eran unánimes, incluso recibió un golpe –cerca del ojo- que estuvo a punto de costarle la vida. De regreso a su casa, pensó tomar una difícil decisión, pero en un instante determinado observó que delante de su ventana había una miríada de pájaros que golpeaban con los picos el cristal –era la hora habitual en que por rutina los alimentaba-, un perro que a duras penas avanzaba hacia ella, arrastrando sus patas y un gato que maullaba dirigiéndose erróneamente hacia el lado contrario. Al verlos, después de mucho tiempo sonrió. Abrió la puerta y entraron con ella en la casa, le hacían piruetas, los gorriones se posaron en sus hombros. Amanda se percató que era valiosa para ellos –que la añoraron en su ausencia- y decidida secó sus lágrimas y lo dispuso todo para arreglar una desvencijada caja de madera de sándalo que -pensó- quedaría bien con retoques. ¡Tuvo que haber sido preciosa! exclamó. Al abrirla, comprobó extrañada que de su interior aún salía música.

Fátima Hernández

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